El 11 de diciembre de 1887, la familia Bregi llegó a La Magdalena con el objetivo de encontrar al profeta bonaerense que había escrito las cuartetas reunidas en Las redondillas. Por entonces, Luisa Carrere de Burzaco era dueña del latifundio que doce años más tarde compraría el Lomas Jockey Club y en el que se levantaría el Hipódromo de Longchamps, sitio testigo del primer vuelo motorizado de toda Sudamérica. Vuelo rasante, a 25 metros de altura, sobre un Voisin que el ahora niño Henry, primogénito del próspero matrimonio entre Serge Bregi y Odette Eiffel, y hermano de la recién nacida Virginie, mandose a traer de Francia con el patrocinio de la revista L'auto.
La mudanza al conurbano había sido planeada de súbito y era financiada de manera confidencial por la tercera república francesa, que por entonces hacía denodados esfuerzos por hacerse de la información que es poder. Serge era un empresario de estrechas vinculaciones con el renovado Parlamento; la fachada de su instalación en el castillo La Maison de la Vérité, en lo que ahora es el barrio Santa Rita, era entablar lazos diplomáticos y comerciales de forma oficial con la flamante Unión Industrial Argentina. La verdadera misión era contrastar la veracidad de esas cuartetas, en momentos de un fuerte anticlericalismo que había dado paso masivo hacia otras formas de fe en Francia, entre ellas el culto profético.
El vaticinio más popular en la Europa occidental era de la pluma del brujo Nicasio Esteban, a.k.a. el Feo. Deudor, según él mismo, del Gauchito Gil, con quien habría compartido trinchera en 1865 en la ciudad de Corrientes, durante la denominada Guerra de la Triple Alianza. Antonio Mamerto Gil Núñez habría llegado a la zanja en la que catorce soldados se agazapaban, preguntando por Nicasio y, con la naturalidad con la que otro hubiese ofrecido la mano para un apretón, le habría tocado gentilmente la frente, antes de contarle que desertaría las filas mitristas. Instantes después de la presunta partida del correntino que se convertiría en santo popular, Nicasio descifró cómo moriría cada uno de sus trece camaradas. A todos excepto a uno les contó su muerte, mientras las municiones paraguayas silbaban sobre sus cabezas.
—¿Y qué con Saúl? —le preguntó el doceavo miliciano, que fallecería en 1871 en la gran epidemia de fiebre amarilla.
—Te toca evitar que sufra —le dijo, enigmático, Nicasio; y la respuesta le entró al miliciano de un golpe, como la bala que de toque le atravesó la nuez de Adán al decimotercero, sin médicos a la redonda.
Por entonces, Nicaso promediaba los cincuenta. Como el Gauchito, renunció a la tropa genocida y regresó a su Buenos Aires querido. Se convirtió en un paria. No le dejó explicaciones a su familia ni a sus amigos, y a las pocas semanas de vuelto de Corrientes al sur del conurbano, desapareció del barrio. Los afiches con que las autoridades lo buscaron (y que sobreviven en el Museo Policial de la Provincia de Buenos Aires) lo exhiben con corte pelela, barba de una semana, sombrero de paja y pañuelo rojo rodeando el cuello de una camisa blanca que contrasta con su piel escamosa de café batido. La cara es desproporcionada: sus dos cuartos de frente revelan por qué el Gauchito descansó su palma en ella en vez de en esa diminuta pera o en aquellos pómulos divorciados de su nariz porcina. Tiene el semblante combativo de un boxeador con hemorroides.
Cuando arribó a la mansión que Luisa Carrere de Burzaco le había equipado y cuyo gigantesco patio había decorado con palmeras chilenas, Serge pensaba que no sería sencillo dar con Nicasio, oculto hacía veintidós años. Las redondillas, libro de tapa roja que reúne su producción premonitoria, había salido a luz apenas dos años antes por cortesía de un antropólogo británico llamado Nick Ace, del que nada más consta. Ocupó el tercer escalón en el podio de los bestseller de la Argentina del siglo XIX, apenas detrás de Pot-pourri, silbidos de un vago y Viaje maravilloso del señor Nic-Nac. El éxito local de las trescientas páginas de crudas predicciones posibilitó las ediciones en inglés, alemán, portugués y mandarín, y congregó a los más sinápticos intelectuales de la época a descifrar sus pasajes intrincados. Manifiesto del futuro, bendición de los esperanzados, maldición del burgués gentilhombre, todo el que leyese podía comprender sin embargo que para Nicasio el estallido final llegaría apenas después del primer decenio del segundo milenio y que su mecha se encendería en América latina. Lo demás era difícil dar por cierto, pero la hipótesis más consensuada le otorgaba a China un papel homicida en el crimen del universo.
Décima centuria
I
Paso final del humano,
última arena que cae.
Blanden antorchas en mano
y la mirada contraen.
II
Muñequitas de embrujo
son el gran plan amarillo.
A Sudamérica abdujo
con cascabel y cuchillo.
III
Llegaron como mercantes:
las góndolas conquistaron.
Vendieron jabón exfoliante.
Nunca, nunca fiaron.
IV
Una nueva vez a los mayas
les usurpan la cultura:
veinte doce doce halla
sangre jamás tan oscura.
Esa primera tarde en La Magdalena, Serge paró su cuerpo petacón entre los pilares del acceso a la estancia de La Maison de la Vérité y contempló la vastedad anaranjada de los largos campos. ¿Por dónde empezar en su búsqueda de Nicasio, el Feo? ¿Cómo ubicar a un brujo para la ley pendenciero en un paisaje sin cartografía? Su bigotito de Dalí se movía al compás de las hojas de las palmeras chilenas. De atrás le llegó trotando Henry, que ese día tenía ocho años.
—Papá, papá, ¿sabés que quiero ser de grande?
—¿Qué, mi titán? —le siguió el juego, levantándolo en brazos.
—Piloto de avión.
—Bueno, ¿por qué no? —le dijo, tocándole la nariz tiernamente y volviéndose hacia la casa—. Tal vez cuando crezcas los aviones sean algo de fiar.
La noche cayó con torpeza y los Bregi encendieron los candelabros de su flamante hogar. Era verano y hacía mucho calor, pero por fortuna un soplo fresco se filtraba por las ventanas desde una llanura sin obstáculos. Cenaron en silencio los tres capaces de sentarse a la mesa, y luego Odette se ocupó de la beba Virginie. Se acostaron.
Francia nevaba, la Argentina sudaba. Serge no lograba dormir. En ropa interior, porque ni consideró ponerse el pijama de seda, bajó las escaleras marfil de la mansión, cruzó el living a tientas y salió al parque, a sentarse en un sillón de madera y cojines de pluma ubicado en la galería frontal. No había cosa para ver por la tremenda oscuridad, pero necesitaba aire. El vientecito llegaba ahora cada tanto, todavía fresco, alegrando los pastizales. Serge cerró los ojos y dejó que ese oasis le calmara la sed; hasta que la punta izquierda de su bigotito hizo tic. Abrió los ojos. Hizo fuerza con la mirada para ver entre las sombras. Nada. Volvió a cerrarlos. Tic, reacción a otro vientecito, uno cálido que llegaba del costado izquierdo. Abrió los ojos, esta vez algo impresionado, y rebuscó no sólo una imagen visual sino un rebote ondulante de su tensión de murciélago. Nada. Qué conversador es el clima acá, pensó, y bajó los párpados.
—Me buscás, me encontrás —dijo una voz ronca, precedida por un aliento tibio. Serge rebotó y sin hacer esfuerzo alguno identificó la fealdad de Nicasio; exactamente la misma del afiche, a pesar de que se la había imaginado veintidós años más vieja.
—¿Que faites-vous ici? —le preguntó trémulo, olvidando el español, de frente al sillón.
—¿Quién le dice que estoy acá? —respondió el Feo, sentado a la izquierda de la huella húmeda de las nalgas del francés.
Charlaron hasta el sol.
Trece años duraron sus encuentros nocturnos. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábados o domingos, sólo uno de ellos por semana; cuatro citas al mes, cuarenta y ocho al año, seiscientas veinticuatro en el lapso desde que se conocieron hasta que dejaron de hacerlo. Nicasio nunca avisaba qué día volvería. Serge lo esperaba todas las noches.
Nadie sabe exactamente qué tuvieron para decirse durante tantos años. Los registros postales indican que Serge hizo un envío semanal de carácter confidencial a París hasta el fin de las entrevistas con Nicasio, y varios investigadores coinciden en que habría guardado copias de esas cartas en algún rincón de La Maison de la Vérité, actualmente derruida e incendiada. El último envío al Viejo Continente tiene matasello del 5 de febrero de 1910, veinticuatro horas antes de que el ya joven de 21 años Henry Bregi cumpliera su sueño de convertirse en piloto de avión e imprimiera, con la fuerza de la consumación de su deseo, el hito magno del calendario de Longchamps; cuarenta y ocho horas antes de que los Bregui, todos ellos, fueran hallados muertos en su residencia de La Magdalena.
Había sido anunciado a bombo y platillos: el primer vuelo mecanizado de la América más pobre sería sobre la pista del Hipódromo del Lomas Jockey Club. Comerciantes, amas de casa y estudiantes de colegio de la naciente ciudad, además de periodistas e invitados de elite de todo el país, se congregaron en las gradas. Estaba nublado. Por la mañana había garuado y las gotas habían dejado mentolado el aire. Ovacionaron a Henry cuando descendió de su Voisin blandiendo una gorra italiana, hinchado de orgullo aunque hermético y tímido. Serge y Odette corrieron a abrazarlo.
—¡Mi titán! —gritó Serge.
Detrás se aceró la pequeña Virginie, con una muñeca de porcelana que un amigable extraño le había regalado momentos antes, pleitesía de mamá mediante.
Luisa Carrere de Burzaco fue quien llamó a la Policía la mañana siguiente. No había estado en el hipódromo por problemas de salud y quería felicitar a Henry. Nadie contestó sus insistentes golpes a la puerta. Inesperadamente, escuchó el ruido de un motor provenir de la parte trasera de la estancia. Dio la vuelta y vio con admiración el segundo vuelo motorizado de Sudamérica. Un par de horas más tarde renovaría el luto que había dejado una semana atrás, el debido a la partida de su marido, y no abandonaría el velo negro hasta su vuelo no mecanizado.
Aturdido por los acontecimientos recientes, Nicasio planeó en el Voisin durante semanas, rumbo al suroeste, y cruzó la Cordillera, sus cumbres nevadas y glaciares celestes, sin problemas, con su cara de póker envuelta en antiparras y boina de aviador. En el margen de lo inexplicable queda cómo lo logró sobre un biplano de motor ENV 60 hp.
Siguió volando por inercia, como si el tiempo se hubiese detenido; y tuvo la realidad que bajarlo de un hondazo para devolverle la consciencia. Una roca en llamas impactó con severidad la coleta y recién entonces se percató de la amenazante columna de humo que salía del volcán Osorno. Las cenizas le impidieron buscar un área en el llano para aterrizar, así que en la emergencia enfiló hacia un cerro aceptablemente prolijo; hasta que divisó en su cumbre a un mapuche llorón que intentaba con torpeza clavar un corazón en una lanza. Con toda su fuerza en el timón, levantó el biplano. Empero, no evitó llevarse puesto al indio. Para más, una rama quedó enganchada en el ensangrentado tren de aterrizaje.
Dio la vuelta, de nuevo hacia el volcán, y unos inesperados chorros de lava le desfiguraron su imperecedero rostro y diezmaron parte de la nave: el tren de aterrizaje cayó en el cráter burbujeante. La nave perdió el control; Nicasio, la orientación. Como pudo, dolorido por las quemaduras, se precipitó hacia el suelo y aterrizó en un peñasco que daba a una enorme y reseca explanada. Logró salir de los restos del Voisin y le imploró al Gauchito que aplacara su sufrimiento. Le prometió que si lo hacía, le construiría allí mismo una enorme cruz. Así comenzó a nevar, una nieve que duró días, semanas, meses, años; una nieve que combatió el fuego del volcán hasta extinguirlo y que, derretida, creó arroyos, lagunas y lagos, inclusive el Llanquihue en la mismísima explanada.
Nicasio se ocultó detrás del mito del trouco. En eso, su fealdad nata más las quemaduras de lava le jugaron a favor. Ubicó su guarida entre unas rocas cercanas a la cruz del peñasco. Pasó los años hasta hoy violando despistadas que paseaban por los bosques de Puerto Varas mientras sus maridos navegaban el Pacífico; cobrando con sádica rigurosidad la negación de sus deseos carnales; saqueando a desprevenidos, sobre todo libros y revistas para pasar el rato y mantenerse al tanto de lo que ocurriese en el mundo, a pesar de su gracia predictiva. Esperando con temor humano el impacto. El de un anillo de rey en su puerta de madera. El de un rey con otro rey que escoltarían a un hombre que sería la reencarnación del mapuche arrollado con el biplano, que volvería a vengar su muerte. Un hombre que reclamaría el corazón de Licarayén, su enamorada. Un hombre que sería la única esperanza.
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2 comentarios:
0_0 Interesante historia, Facu. De a poco el misterio de la puerta sale a la luz. Un detalle: me gustó lo del olor a pasto...me lo imaginé, jeje. Espero el próximo, como siempre. Ahora quiero saber qué va a pasar con la muchachada que llegó a la puerta.
Escribo los capítulos de acuerdo a lo que vos querés saber, así que en el próximo te enterarás. :)
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