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TRECE: EL PARAÍSO DE LOS PERROS



—¿Dónde estás, Víctor?
  —No me vas a creer, pero... estoy en el lugar donde vos querés estar.
  —Estás fumado, hijo de puta.
  —Te llamo después.
  —Esperá, Víctor... ¡Hola! ¿Hola?
  Mati, que lucía un hanfu abierto y una remera de Bob Marley, giró y le dedicó una mirada resignada a sus invitados, una veintena escandalosamente variopinta.
  —Estamos solos.
  Claudia, borrachísima, pegó un alarido. Bruno, acróbata de circo, se llevó una mano a la boca con dramatismo burgués. Benjamín, carnicero de Amanecer Chino, frunció los labios y alzó su puño. Los enanos gemelos escupieron con furia en un vaso sobre la mesa ratona del living. Brenda se asomó por la puerta de la habitación de mi vieja con hielo en su vaso. El resto de los concurrentes comenzó a murmurar.
  Xiamoei se aproximó a Mati, que estaba aún con el teléfono en su mano de péndulo.
  —¿Qué vamos a hacer, señor Matías? ¿Qué vamos a hacer?
  —Nada. No podemos hacer nada. Estamos en manos del ying-yang.
  —Oh, no, señor Matías.
  Cuarenta minutos antes, Clotilde, la vecina del piso de arriba, había tocado la puerta del departamento de Catalinas en el que el cuerpo de mi vieja se descompone cubierto de bolsas Rolito, para informar que había llamado a la Policía luego de reclamar insistentemente que bajasen la música. El escenario no podía ser menos complicado: había restos de cocaína y papel picado en la alfombra, y un dulzor en el aire tan fuerte que habría inducido un coma en un diabético. También copas de cóctel y ropa interior desperdigada. La mitad de los concurrentes eran miembros de la mafia china, la otra mitad marxistas y judíos.
  Mati decidió llamarme en busca de soporte técnico cuando se percató de que la evacuación de semejante jauría era imposible. En ese momento, yo entonaba “A little less conversation” en un bar de Puerto Varas.

Claudia
Pelirroja, cola extendida horizontalmente pero no tiesa, un metro sesenta y dos, treinta y cuatro años sin pulgas. Estudiante de odontología devenida en prostituta necrofílica, heredera de dos departamentos en el Bajo Flores a sus mozuelos diecisiete, no encontró más remedio para pagar la luz y la comida de su ovejero alemán de nombre Quagmire que entregar el cuerpo a cambio de una módica suma: su alto precio más viáticos. Operación con la que Mati, aún mendigo por la separación de Beti, estuvo de acuerdo hace seis años, la noche en que la rescató en una esquina porteña de la tentación de un leproso que amenazaba dejarle su miembro adentro por souvenir. De amores esquivos —siempre era tentada por farsantes que más temprano que tarde revelaban sus miserias—, Claudia hizo de su cliente más fiel una especie de novio avant-garde, se dedicó a cumplir sus escandalosas fantasías. La monogamía le quedaba bien a esta altura: estaban en el tercer piso del edificio de Catalinas cuando se descubrió perezosa de tanto ajetreo vaginal. Se lo contó a Mati, que pasaría a ser su único mecenas para el arte que se practica en la cama. Él puso dos condiciones: podría acostarse con quien quisiera, inclusive menores de edad; y ella tendría que aceptar invitaciones a ménage à trois u orgías. Por eso Claudia rondaba el edificio de Catalinas a toda hora, mientras Mati custodiaba el cadáver de mi vieja y engatusaba perrunamente a Xiamoei.
Última actualización de Twitter: “Al recordar a mis viejos, muertos hace 17 años en un accidente cardiovascular, me excito. #DobleACV #MamiPapi #Tanmal #Malditanecrofilia.”

Sonó el timbre.
  —¡Rápido, todos a la pieza de la vieja! —ordenó Mati.
  La concurrencia se apresuró a abandonar el living, con el mayor sigilo del que fue capaz, una reserva bastante bochornosa pues todos estaban muy puestos. Claudia se quedó parada junto a la mesa ratona farfullando algo sobre un conejo, por lo que Mati tuvo que escoltarla al baño. La recostó en la bañadera, donde ella se acomodó como si de una confortable cama se tratase, y la dejó encerrada, antes de ir hacia la puerta.
  Sin quitar la cadena del pestillo, asomó su bigotito por la hendija. No había nadie. Cerró la puerta con una prudencia esforzada: él también estaba drogado y borracho. Quitó el pestillo y volvió a entornar la puerta, esta vez aumentando la visibilidad hacia el pasillo mortuorio del segundo piso. Nadie a la vista. Repentinamente oyó el tintineo de un cascabel. Mati se quedó en silencio. No supo de inmediato si provenía de dentro o fuera del departamento. Unos segundos después volvió a oírlo. Parecía provenir de la abertura de la escalera. Sin ponerse a pensarlo, salió del resguardo y avanzó con cautela hacia ese recodo. A mitad de camino volvió a escuchar el tintineo y se estremeció. Miró atrás, vio que la puerta le quedaba más lejos que la escalera, así que decidió continuar. Avanzó, paso a paso, componiendo un cuadro grotesco digno de Tarantino: su atuendo oriental, su bigotito, su cabellera hacia atrás por exceso de gel, sus pantuflas de pana, su marcha retraída en un pasillo apenas iluminado; sus gotitas de sudor que, junto con el pulso de la yugular, eran la manifestación del pánico por encontrar un espasmódico cadáver de gatito con collarcito de sonajero. Nada de eso: al asomar su temerosa expresión por el agujero de la escalera, Mati se encontró con la pequeña Beatriz y su muñeca de porcelana. La niña se asustó, atildada por los sustos que le prodigara mamá, y corrió hacia su departamento. Mati no intentó calmarla; en vez se sonrió por la apofenia, suspiró parado en el pasillo y después enfiló de regreso. Al entrar al departamento, le puso garra a no olvidar cerrar la puerta con llave y pestillo. Cuando giró hacia el living, se llevó una sorpresa: un policía que golpeaba su cachiporra contra la palma de una mano lo observaba inclinando sus lentes de aviador. Mati entró en pánico: ¿habría entrado al mismo departamento pero de otra dimensión?

Bruno
Adrián y Adriana, dúo de magos, descubrieron pronto que el haber engendrado a su primogénito en la carpa de un circo había rendido frutos. A sus cachorros cuatro años, Bruno caminaba con sorprendente equilibrio sobre la tira para tender ropa, hacía la vertical en una latita de gaseosa y malavares con formaciones de Rasti. Esas destrezas fueron increscendo, y la familia no tardó en elaborar un espectáculo propio para su gira latinoamericana por más de 250 teatros, bares y parques municipales. Así lo hicieron durante quince prósperos años, hasta que Adrián perdió un dedo en un truco: había contraído la lepra medieval. La desazón del padre fue tanta que abandonó a sus esposa e hijo; se convirtió en un leproso como el dios cristiano manda, un vagabundo maloliente por las calles de la Ciudad de Buenos Aires. Adriana y Bruno lo buscaron incansablemente. Llegaron a cruzárselo en la esquina de Juan de Garay y Lima, cerca de Constitución, pero no reconocieron su rostro, carcomido por la enfermedad. El Adrián de los afiches había desaparecido por siempre, y ya a nadie tenía cerca para revelarle la artimaña y romper de esa manera el hechizo. No obstante, Bruno nunca desistió en la búsqueda de su cocreador. Se alistó en el circo de los hermanos Rossolo para recorrer el mundo. A su madre, le dejó un beso tardoadolescente en la frente. La compañía de los Rossolo llevaba más de una pentecontecia en las rutas y era un grupo sumamente acorazado. Bruno sólo pudo entablar amistad con la mujer barbuda y los gemelos enanos, expertos rastreadores de cocaína y tríos amorosos de pueblo en pueblo.
Última actualización de Twitter: “Richard hace piruetas y #BruceWillis. #FF @familiamagica @circorossolo @enanosgemelos @brendabarba @RamazzottiEros.”

—¿Qué mierda hace usted acá? —largó Mati, ni bien se dio cuenta de que era el departamento indicado.
  —Epa, esa no es manera de dirigirse a un cabo, señor... —y la pausa fue más larga que decir “paradigma de las buenas costumbres”.
  —Matías.
  —Matías —hizo eco el poli—. Soy el cabo Corrientes.
  —Ah, qué cosa, como el de Mar del Plata.
  —Sí, sí, como el de Mar del Plata.
  —Horrible.
  —¿Perdón?
  —No es su culpa. Está todo mugriento. Mar del Plata, eh —aclaró Mati, metiendo sus manos en los bolsillitos del hanfu.
  —Ah, por un momento pensé que me decía a mí.
  —No, cabo, usted tiene cara de nabo, pero de ahí no pasa.
  El cabo Corrientes no disimuló su turbación.
  —Dígame, en qué puedo ayudarlo.
  —Recibimos un llamado de una vecina, que por su seguridad mantendremos en el anonimato.
  —La vecina de arriba, sí, vieja de mierda.
  —“La-vecina-de-arriba”, okey —repitió el cabo, encomillando con los dedos de la mano que no sostenía la cachiporra.
  —Clotilde —reafirmó Mati.
  —Llamémosla “Clotilde”, okey —reincidió su inocencia de manual.
  —Como quiera.
  —Bueno, “Clotilde” se quejó por ruidos de alto gramaje provenientes de este departamento.
  —Sí, ya sé, golpeaba con una escoba.
  —Pero ahora todo está muy silencioso.
  —Esa señora es insoportable. Se queja de cualquier ruido: prendo la tele, se queja; prendo la radio, se queja; prendo la licuadora, se queja...
  —Tiene el oído irritable.
  —Es irritante.
  —Ajá. Acá parece estar todo en orden, de no ser por los rastros de estupefacientes en la alfombra y el olor a porro. Pero, se sabe, las apariencias engañan. Permítame contarle una anécdota —pidió, se acomodó en el sillón y apoyó la cachiporra sobre la mesita ratona—. En Villa Crespo conocí a un paseador de perros que había perdido su trabajo porque sus vecinos lo habían denunciado de abandono canino. El paseador recogía los perros y luego los llevaba a una calle cortada, donde los dejaba atados toda la tarde. Alguien los encontró y los fotografió. Los vecinos armaron bastante quilombo. Obviamente, el paseador perdió toda su clientela, instigado además por organizaciones de lucha contra el maltrato perruno. Lo que ninguno de sus clientes supo es por qué dejaba a los perros atados. ¿Usted se imagina por qué?
  Mati braceó un “ni idea”, aún parado a un metro de la puerta. No le interesaba, sólo le seguía el juego al poli, que se la daba de la Gran Cosa.
  —El paseador de perros era alérgico a los perros.
  —¿Y para qué se dedicaba a eso?
  —Resulta que para levantarse a una mina de la que estaba perdidamente enamorado, le había ofrecido sacar a pasear su ovejero alemán. La mujer, un estoico ejemplar felino, no quiso porque se dio cuenta de que era un arrime romántico, pero él le sobrepuso que a eso se dedicaba. No a los arrimes románticos, sino a pasear perros. En realidad tenía otra ocupación; digamos, programador freelance.
  “Con la excusa de los perros comenzó a verla todos los días. Al poco tiempo, notó que el paseador no tenía más clientes que ella misma. Él lo justificó con el siempre inclaudicable ‘está difícil’ —el cabo hizo las comillas con los dedos—. Entonces ella, que había comenzado a sentir cierto interés por él, le publicó en Internet decenas de avisos. Al mes, el paseador recogía la deposiciones de un cavalier king charles, un fox terrier, un chow chow, un lebrel afgano y un mastín español bastante cabrón. A los dos meses, cinco razas más se habían sumado a sus andares. Así tuvo que ampliar los turnos y abandonar momentáneamente su trabajo como, digamos, programador freelance.
  Los perros le daban de comer e incluso le permitían algunos gustitos. Desafortunadamente llegó el punto en que los antihistamínicos ya no eran suficiente remedio para su encarecida alergia: apenas podía respirar entre estornudos; pero ni consideró dejar el oficio. Las cosas con su amada progresaban, ella lo invitaba a pasar antes de llevarse al ovejero y se quedaban horas tomando mate y charlando. Se le ocurrió, entonces, acortar los paseos, atando a los animales en una calle muerta. Lo hacía, en definitiva, por amor.”

Benjamín
En el secundario definió que quería ser violero, pero el riff inicial de “Crazy little thing called love” le era esquivo como lycaon pictus a cucha doméstica. Cada vez que empezaba a tocarlo en su criolla, le preguntaban si era una nueva canción de los Ratones Paranoicos. No obstante, a fuerza de horas de digitación, logró domar esa cosita loca llamada ritmo. Con los ahorros de su trabajo en la carnicería del supermercado familiar, comprose vía Segundamano una stratocaster negra, sólo usada antes por un jugador de pool profesional retirado que se las rebuscaba como plomero. Luego convenció a sus amigos de Los Topo Gigios de abandonar la cumbia sabrosona con la promesa sacra de sexo, drogas y rocanrol. La banda pasó a llamarse Óxido Cruel. Tuvo un hit radial en los noventa: la ópera metalera “El carnicero del rock”. El tema ilustraba un romance redentor entre un gordinflón trabajador de la carne que solía ser víctima de la cuchilla de sus cortejadas y una “hechicera abandonada por un marido leproso y un hijo acróbata”, cantaba en el segundo puente. Era, claro, una balada autobiográfica. La “hechicera” no soportó la exposición y finalmente decidió dar por finiquitado el amorío. Más cercano al bíblico dolor de Ben-Oni, Benjamín colgó la guitarra y se embadurnó las manos con picada especial; silenciosamente, en modo automático, mecanismo de equilibrio para días nebulosos. En su apacible mundo de grasa, achuras y embutidos, se volvió ducho en su quehacer, el mejor carnicero porteño: su ojo milimétrico, el pulso fiel entrenado en la guitarra, su golpe cansino aunque siempre suficiente le valieron el apodo citadino de Guadaña. Cumplidos los cuarenta, y en uso de su fama, intentó abrir su propio frigorífico, pero no tardó en darse cuenta de que para trabajar con ciertas licencias cibaritas necesitaba menos responsabilidades a cuestas. Alquiló su local  a Mati para el supermercado Amanecer Chino, con la solicitud de que sería Benjamín mismo el carnicero estrella del flamante polirrubro. Mati no sólo aceptó sino que imprimió la cara de Guadaña en tres mil volantes que Xiamoei repartió en la estación de trenes Plaza Constitución. Mati y Benjamín se hicieron amigos en un santiamén. El carnicero apenas tenía interés en las prostitutas, la cocaína y las fiestas. Mati era un amante emputecido de las buenas carnes, sobre todo de los bondiolazos antibajón, y a Benjamín eso le bastaba para taponear su corazón con agujeritos.
Última actualización de Twitter: “Tenía conejos y magia./ Sueño sin nervio, de buen color rojo./ Corte con estrías, el más delicioso manjar. #OxidoCruel.”

  —Mire usted, qué interesante. Sin embargo, no entiendo qué tiene que ver la historia del paseador de perros con su visita.
  —La cocaína en el piso y el olor a porro no necesariamente tienen que ver con que usted tenga un muerto en el departamento, ¿me explico? Pero si lo tuviese, habría que ver por qué antes de denunciarlo: yo no quiero ir por la vida dejando paseadores de perros con el corazón roto, “Matías”.
  Mati tragó un cactus.
  —Eh... Mire, acá está todo bien. Sólo tenía la música un poco fuerte, pero ya está, ya la apagué; y creo que me voy a ir a dormir, no me siento muy bien.
  —Me parece un buen plan. Antes me gustaría aclarar lo del muerto.
  —¿El muerto? —risitas neurasténicas—. Acá no hay ningún muerto.
  —¿Y por qué se pone tan nervioso, “Matías”? —el cabo se puso de pie, tomó la cachiporra y comenzó a caminar hacia Mati, que lo observaba duro por la coca y el miedo—. Hace unas semanas estuve en este departamento, ¿sabe? El dueño de casa me dijo que su pequeña vecina había llamado al nueve once para hacerle una broma, pero yo me quedé con la duda: ¿no habría actuado ese buen hombre influenciado por un bravucón que lo estuviese amenazando de muerte, a él y a su débil madre, detrás de alguna puerta? ¿Habría mentido a la Policía aquel hombre para salvarse y salvar a su mamita? Intenté descifrarlo en ese momento, sin éxito —frenó a centímetros del cuerpo de Mati, que podía verse el bigotito en los lentes del poli—. Ahora que me encuentro con usted aquí, no me caben dudas: usted lo mató, también a su madre, si es que antes no se la llevó su flojera intestinal —tenía un aliento terrible—. Usted es un asesino.
  —¡Pero no, cabo, se equivoca! Yo no podría matar una mosca. Mire, ahí va una y no puedo matarla —justificó, y ambos se quedaron en stand by, escuchando el maquinal zumbido del díptero—. Soy amigo de Víctor, él está de viaje. Le estoy cuidando el rancho y a la madre, que... está de última, la pobre.
  —Ajám... No le molestará entonces que eche un vistazo, ¿no?
  —¿Hace falta, cabo? ¿No podemos arreglar esto de otra forma?
  El policía con cara de nabo dio media vuelta y regresó al sillón. Dejó la cachiporra en la mesita, metió la puntita del dedo índice de su mano derecha en la boca y la pasó sobre los restos blanquecinos de la alfombra. Se llevó lo recolectado a la lengua. Abrió sus brazos sobre el respaldo y se quedó unos segundos saboreando ese finísimo alcaloide colombiano.
  —Encuentro deliciosa su propuesta.

Los enanos gemelos
Nunca supieron quiénes eran sus padres. Habían sido dejados en el umbral de un orfanato de Monte Grande, institución en los antípodas de las fantasías rosa de Cris Morena. Sus tutores los explotaron desde pequeños, exhibiéndolos en espectáculos montados para recaudar fondos para niños hambrientos. En realidad, el hogar era tapadero de un laboratorio de refinamiento de cocaína, donde los enanos desempeñaban el papel de testeadores. Duros pasaron su adolescencia, tanto que pocos recuerdos les quedan de entonces; al menos hasta la noche en que huyeron de las caninas fauces de los dueños del hogar, que ahora pretendían disfrazarlos de hobbits, por el parecido que les daban el abundante pelo negro y las cejas tupidas. Tras deambular largas jornadas por las calles del conurbano, un plomero les contrató para subir unos inodoros al quinto piso de un edificio de oficinas. Con las monedas que obtuvieron, los jóvenes enanos viajaron a Las Toninas, ciudad balnearia en la que el circo de los hermanos Rossolo se afincaba. Dudaron dichos hermanos en contratar a los extraños gemelos, pero cuando éstos mostraron sus dotes actorales se convencieron. En el contrato, por diez años de trabajo, los enanos incluyeron una cláusula de rescisión: jamás se disfrazarían de hobbits. Para contentar su adicción forzada, visitaban supermercados chinos de las ciudades por las que pasaban, frecuentes distribuidores del harinoso oro blanco. Así conocieron a Mati. Así llegaron a la fiesta.
Última actualización de Twitter: “¿Somos dos o uno partido al medio? Somos dos. Dos cabezas, cuatro manos, cuatro pies. Podés tener dos en uno. Y nosotros, sentirnos uno más.”

En ese momento se escuchó un alarido hitchcockiano desde el baño. El cabo se levantó de inmediato con ferocidad y se dirigió a la puerta. Apoyó su mano en el pestillo y, cuando estuvo a punto de abrir, se contuvo y preguntó con feminidad si se podía pasar. Una voz le respondió que sí. Era, claro está, la de Claudia, ella motivada a los gritos y a las lágrimas por lo que veía en el fondo del inodoro.
  —Era un conejito. Era un conejito. Era un conejito —repetía con los ojos embarrados de rímel negro—. Mi conejito, mi conejito —lloriqueaba, expuesto el sinsabor de su necrofilia.
  Cuando empezó a introducir sus manos en el agua para sacar su materia fecal, el cabo la detuvo y ella se quedó llorando entre sus brazos.
  —Tranquila, el conejito está en paz ahora —la consolaba absurdamente él.
  Con un movimiento sinuoso y ese extraño tipo de sabiduría que se ejerce desde la indigencia, tiró la cadena. Claudia levantó sus ojos surrealistas e intentó mirar a través de los lentes polarizados. Sólo lograba verse a sí misma, su cara de Munch tempranero. Lentamente condujo los brazos para que sus manos hicieran el resto: dejó los ojos del cabo a la intemperie.
  —¿Javier? —se alejó ella del cuerpo del poli.
  —¿Claudia?
  —¿Qué hacés acá? ¿Qué hacés con ese uniforme? ¿Sos cana?
  —Sí, Claudia —respondió él, con vulnerable resignación—. No te reconocí, estás... distinta.
  Claudia hizo un gesto de desaprobación, eludió el cuerpo del cabo y salió del baño, hacia la cocina. Él la siguió.
  —Claudia, ¿cómo estás?
  —¿Cómo te parece que estoy? ¿No acabás de ver lo que quedó de ese indefenso conejito? Corría por los prados, comía pastos, tenía hijitos. ¡Yo me lo comí y lo cagué! Estoy bien, Javier. Estoy bien.
  —Claudia, no sé si es el mejor momento, pero temo no volverte a ver. Quería aclararte lo de Quagmire.
  —No hay nada que aclarar —continuó Claudia.
  —Sí, yo... Claudia, nunca fui paseador de perros. Laburaba en seguridad, todavía no era policía. Pero estaba tan enamorado de vos que se me ocurrió que era la única manera de acercarme. Sé que le hice mal a esos perritos, pero fue por mi alergia, no toleraba tenerlos cerca tanto tiempo.
  Mati, que lo escuchaba todo desde el marco de la cocina, exclamó: “Eras vos”. Nadie lo oyó.
  —Me mentiste, Javier.
  —Te mentí y me mentí a mí mismo, queriendo convertirme en alguien que amaras.
  —No importa, ya es historia. No hay nada que puedas hacer —zanjó Claudia, dándose vuelta hacia la heladera.
  El cabo se le paró atrás y rodeó su cuerpo cándidamente. Le dijo algo con dulzura al oído. Ella se dio vuelta, sonrió y lo besó.
  —¡Esto es una fiesta o qué! —gritó ella, y corrió a librar a los invitados.

Brenda
Hace veintiocho años, una señora partera del Hospital Paroissien confundió a la Brenda recién nacida con un niño. Fue difícil hasta hoy ser una mujer barbuda: la cargaron en el jardín, en la primaria, en la secundaria y en la Universidad de La Matanza, en la que se recibió de trabajadora social. Tras largas sesiones con su psicólogo y reflexiones acariciando su respingada chiva, decidió aceptar su condición de hirsuta de la mejor manera que se le ocurrió: exponiéndose. Acudió así al circo de los hermanos Rossolo, que la tomaron muertos de risa, los insensibles. A quién trataba Brenda engañar: no había abandonado su deseo por convertirse en una mujer normal, sólo lo había postergado. Un par de años después, mientras caminaba con la cola entre las piernas a la par de sus amigos los enanos, vio una publicidad sobre depilación definitiva. De regreso en la carpa, contó sus ahorros y se dio cuenta felizmente de que su vida cambiaría a la brevedad. Querría celebrarlo, por eso aceptó ir con los enanos y Bruno a la fiesta de Mati; les dijo que los encontraría en el departamento de Catalinas. Sin embargo, al llegar con su nuevo look pasó desapercibida hasta entre sus conocidos. Quería vivir una noche sin estigmas, quería celebrar a lo grande, acostándose con uno o dos tipos sin que la confundieran con una travesti, por eso razonó que estaría bien mantener el secreto hasta que el sol pintase las hojas de las encinas.
Última actualización de Twitter: “La Brenda que conocieron acaba de morir. Una nueva Brenda ha nacido. Adiós, freak show. Hola, normalidad. #Renacer.”

La música sonó hasta las ocho de la mañana, sin que Clotilde pudiera hacer más que pegar un escobazo cada media hora. Fue una fiesta memorable y, a modo de cereza, Bruno escupió fuego, Benjamín cocinó costillitas de cerdo y Brenda reelaboró el Kamasutra sobre la mesa ratona del living. Lo hizo con los enanos gemelos. “Renacer”, cómo no.
  Claudia y el cabo se pasaron la noche manoseándose en el sillón (él, con una mano sobre ella; la otra siempre en la cachiporra), por lo que no hizo falta vigilar que no entrase a la habitación de mamá. Se fueron juntos, a las risotadas.
  —¿Le preguntaste al cabo qué le dijo a Claudia para que ella cediera?
  —Sí —me afirmaba Mati por teléfono—. Le prometió la mitad de la merca que yo le daría para zafar.
  —Jodete por fiestero. Te quedaste sin merca ni mina.
  —Pensar que por fin Claudia era sólo mía, pensar que... la quise.
  —Mati, no jodas, vos le pagabas para cojer.
  —¿Y? ¿Nunca te encariñaste con un empleado?
  —En fin... Al menos no se enteró de lo de mi vieja.
  —De eso no te preocupes. Todos creen que está enferma.
  —Tus amigos son una manga de boludos.
  —Vos sabrás.
  —No te hagás el vivo.
  —Acá es muy fácil, preguntale a tu vieja.
  —Basta de chistes.
  —Okey. Contáme qué pasó luego de que cantaras disfrazado de Elvis.
  —Ah, sí, eso...


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6 comentarios:

Unknown dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Unknown dijo...

Esto está que explota. Zafaron, muy bien. Interesante capítulo, Facu.Lo que sí te digo es que ya me pone nerviosa eso de "estoy en el lugar en donde vos querés estar", jejeje.

Facundo Gari dijo...

La frase es verídica, como algunas otras anécdotas en toda la historia. Un placer tenerte por aquí, Lau. Salute.

Unknown dijo...

Un placer leerte. Y ahora me queda la intriga de la frase verídica. ¿Es estrategia para ganar lectores esto de generar la duda? =P

tito dijo...

buen blog hermano
salud de un tomandrogan

Facundo Gari dijo...

Gracias. Salud.

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