—Es Pablo.
—¿Vos estás seguro, Pollo?
—Te digo que es Pablo.
—Mmm... A mí no me parece.
—“A mí no me parece”. Oíme, Juancito, ¿vos conocés a mucha gente que hoy en día se deje las patillas así de largas? Mirale la jeta, además; es un calco. Ahí hay un poco de botox, eh. Mirale las cejas.
—Depiladas.
—Depiladísimas. Pero bien, eh, un buen laburo. Un pelo más y se iba para lo trava.
—Un trabajo fino.
—Finísimo.
—Pero éste es más gordo.
—¿Elvis fue siempre flaco?
—Pero él no es Elvis, es Pablo.
—“Pero él no es Elvis, es Pablo”. ¡Claro que es Pablo, salame! Por eso, ahora está queriendo imitar la etapa de sobrepeso.
—Ah, claro. Está gordo, eh.
—Gordísimo.
—Pero es Pablo.
—Es Pablo.
—¿Y qué hace acá tirado? ¿Cómo se dio semejante palo?
—Y, viene llegando tarde, a los trancos y mamado, obvio que se iba a dar con algo.
—Quedó dormido.
—La última vez le pasó lo mismo, llegó desmayado en una carreta, mirá.
—Llegamos todos borrachos, Pollo. Era Nochebuena.
—Sí, pero él llegó peor. No entendía nada, creía que tenía que imitar a Sebastián Estevanez. ¿Sabés lo que costó hacerlo entender? Es Pablo, Juancito.
—Es Pablo.
—Dale, ayudame a levantarlo que nos esperan adentro, démosle una mano.
El Pollo y Juancito me encontraron tendido en una galería y me arrastraron a duras penas hacia el camerino del bar Las Luces, un cuchitril sin pleitesía con su nombre. La clientela estaba compuesta sobre todo por pescadores, por lo que el hedor que se sentía no bien uno daba un paso adentro era vomitivo, un aire viciado de bacalao y tabaco del que respiraban los concurrentes con la cara arrugada, como si inhalaran sin freno mil pedos de concha de una roñosa. Ese gesto y las ropas manchadas con tripas de pescado empardaban a los más jóvenes con los más viejos. La mayoría sólo tomaba un trago; alguno se le animaba a un plato de salmón con queso y longaniza o a una sopa de berberechos; todos hacían ruidos atroces cada vez que bebían o masticaban, gruñidos cacofónicos que parecían de una escena cinematográfica de taberna del Salvaje Oeste.
El camerino estaba en el subsuelo. Era pequeño, de cuatro metros cuadrados y paredes blancas, iluminado con sólo un bulbo fluorescente. En el medio tenía una columna de ladrillos a la vista con afiches de viejos espectáculos pegados con cinta scotch, un muestrario de las pequeñas estrellas que habían pasado por Las Luces. Había lockers, una camilla y un escritorio vacío con un espejo colgado en frente. Al lado de la puerta sobresalía un matafuego rojo y una hoja de cuaderno pegada a la pared con una inscripción en fibrón azul: PROHIBIDO SEXO. No tenía baño privado, había que usar el de los clientes.
La jarana era un homenaje latinoamericano a Elvis en el corazón de Puerto Varas. El Pollo y Juancito eran dos de los tres representantes argentinos de una compañía de émulos del Rey del Rock & Roll llamada Los Sabuesos, también compuesta por el brasileño Adler Teixeira, el chileno Jorge Sepúlveda y el peruano Johnny Quispe. El tercer argentino, Pablo Dos Santos, se había quedado dormido en el aeropuerto de Santiago, y el Pollo y Juancito me confundían con él. Es que, en realidad, no se trataba de una compañía estable, siquiera de una compañía tal y como se las conoce en el universo del arte, pero ellos gustaban llamarle así a ese grupo decadente de imitadores que se habían ido conociendo al paso, en recitales coincidentes y shows especiales organizados por cultores del rockabilly.
Teixeira era un negro pelado de cuarenta y dos años que, si le era requerido, también hacía de Pelé y de Lula; Sepúlveda pasaba apenas los cincuenta y tenía un parecido asombroso al Elvis de “El rock de la cárcel”, aunque su voz latosa fuese para meterlo preso; Quispe era el más joven del grupo, un veinteañero que se había esmerado tanto en convertirse en el Rey que había olvidado su propia manera de hablar y moverse. El Pollo era taxista en Buenos Aires y utilizaba a sus pasajeros para testear su pericia calcográfica: era un éxito al volante tanto como sobre las tablas y, a los cuarenta y cuatro, sus dos trabajados lo elevaban a un pedestal de pedantería insoportable. Juancito tendría unos treinta años, vivía de lo que sacaba en los recitales, solo, en un PH en Saavedra, y era el que menos esfuerzo le ponía al jopo: era petiso, robusto y peludo, de una melena rubia, casi blanca; sin embargo, sus cuerdas vocales parecían haber sido arrancadas de la prístina garganta de Presley. Era el que más impacto y vitoreo provocaba: cuando salía al escenario, la atención del público se dispersaba, nadie daba un mango por ese enano de andar tímido; pero nomás comenzaba a cantar, cosa que solía hacer con el arrullo romántico que es “Can’t help falling in love”, las melodías se convertían en el solazo del deshielo de los corazones de mujeres y hombres, aunque ellos fueran reacios a manifestarlo, al menos hasta el momento de las palmas.
El golpe en la frente me había desmayado profundamente, así que ni siquiera unos cuantos vasos de agua en la cara pudieron despertarme. El Pollo decidió que Pablo, o sea yo, saldría a cantar al final. Uno tras otro, los Elvis latinos fueron pasando y cautivando, cada cual a su modo, a un público bastante difícil, mientras yo permanecía en el camerino, tirado en la camilla con un pañuelo mojado en la frente. Tuve suerte de que fuera nada más que un desmayo, porque si hubiera sido un derrame cerebral provocado por el golpe, habría muerto rodeado de tipos con pelucas, sacos con lentejuelas y pantalones ajustados. No hubiera sido en rigor un mal contexto para dejar este mundo: bajando por las escaleras, los acordes de “Love me tender” me acariciaban el cuerpo como una madre cálida y, acaso por ello, no sentía dolor. Luego de semanas llenas de remordimiento y expectación, mi consciencia estaba tan en paz que lograba sumergirse hondo en un sueño arquitectónico. De haber muerto, mi mente habría quedado atrapada allí, en el consultorio del doctor Juárez, junto a mi madre, y jamás hubiese sentido el temerario pellizco de la muerte.
—No pasará mucho tiempo hasta que se dé cuenta, Víctor, que lo que usted considera agresivo en su madre, y que es parte constitutiva de su subjetividad, tiene por contrapartida más de un costado positivo —concluía el psicólogo, que se rascaba la pelada con la lapicera.
—Me gustaría creerle, doctor.
—No importa si le gustaría. Lo que acabo de decir da por sentado que lo tiene en consideración absoluta. Tanto así como encontrar a María.
—María... —musité.
—Víctor.
Me estremecí. Mi nombre llegó como un susurro desde la puerta del consultorio: era María, era su frecuencia rugosa llamándome a lo lejos, era su voz aunque sonara como Gollum al decir “my precious”. María había escuchado su nombre de mi boca y respondía, una vez más, con el mío.
—Víctor.
Hubo incertidumbre pero también algo de dulce concreción en el clima que creó ese suspiro.
—Víctor —mi vieja me apuntó firme con su dedo arrugado y cabeceó hacia la puerta— la quiero afuera.
La miré prudente. El doctor Juárez me habló sin que su boca se moviera.
—Considérelo exento de agresividad. Su supervivencia depende de su capacidad de conversión de las vivencias dolorosas en sus antinomias.
Permanecí unos minutos en silencio. Traté de pensar, pero hacía rato que la lógica no me decía nada. Busqué una pista en la mirada del doctor Juárez, me devolvió un guiño seductor. Mamá tenía razón, es más puto que Alan Faena, me dije. Traté de concentrarme y, para eso, cerré los ojos. Montones de imágenes pasaron por mi mente. Montones de imágenes que fueron componiendo una secuencia. Mamá sale de casa. Mati, Fran y yo nos quedamos fumando porro. No puedo ir. Ella se va. Me quedo. Mati y Fran desaparecen. Me convierto en un fantasma, un vigía destinado a quedarse al lado de su madre mientras el cuerpo de Víctor (puedo verlo) asimila los enteógenos. Por eso no me quedan recuerdos de esa noche. Mamá camina por las calles de Longchamps, se mete en la oscuridad de las veredas, se deja ver con interferencias debajo de los focos marrones. No va a un cumpleaños, como dijo que haría. Va a pedirle disculpas a María por lo de la cadenita de hace años. Va a pedirle disculpas a su sobrina por llevar su papel demasiado lejos, por las lágrimas de su inocencia. Va impulsada por la fe de que no toda la historia de Víctor (¡puedo verlo!) sea sepultada por sus errores. Ya no importa: María no está en su antiguo hogar. Es tarde, está a miles de kilómetros de distancia.
Abrí los párpados. ¿Eso realmente ocurrió? ¿Fue real? Estaba conmovido.
—María está afuera, mamá, nosotros estamos acá —arranqué—. Quiero que sea así. Puedo quedarme acá. Podemos empezar de nuevo. Podemos desayunar en la cama. Podemos quedarnos acá y empezar de nuevo... Mamá ejercitó un principio de sonrisa. Los ojos se me crisparon. El silencio fue absoluto hasta que, repentinamente, la puerta se abrió y un humo espeso se acortinó debajo del marco. Pensé que entraría María, pero el que lo hizo fue Esteban Francioti, mi tío.
—Lidia, Víctor, doctor.
—¿Qué hacés vos acá? —inquirí, poniéndome de pie, girando el torso hacia la puerta, que volvió a cerrarse de un portazo automático.
—Víctor, Víctor —siseó—. Doctor, discúlpeme, ¿tendría usted un poco de whisky en este consultorio?
El doctor Juárez señaló un compartimiento en la parte baja de su biblioteca. El viejo se aproximó y sacó un vaso con dos dedos de whisky y hielo.
—Te pregunté qué hacés acá.
—Tranquilo, Víctor. ¿Así recibís a tu tío?
—Ni que vos hubieras sido amable conmigo.
—No seas resentido, che. ¿No estabas superándolo hace un instante, el resentimiento?
—Una vez más, ¿qué hacés acá?
—Bueno, bueno, si eso es lo que querés saber. Me manda tu abuelo, Horacio. Le debo el favor, por todo lo que hizo por mi padre. Como no lo conociste en persona, no puede manifestarse en este... loquero, pero tiene algo para vos.
Salivaba océanos. El viejo sacó un papel del bolsillo. Me lo entregó y lo desdoblé: estaba en blanco.
—¿Es un chiste?
—No, no es un chiste. Si pudieras leerlo acá, del otro lado sería una quimera —dijo y bebió sus dos dedos de whisky de un tirón—. Bien, ya he cumplido aquí. Me retiro. Gracias por el trago.
—Esperá —intercepté, y el viejo se dio vuelta—. ¿María está afuera?
—María está afuera. No va a entrar. Vos elegís: te quedás o salís. Mamá o María. Siempre es así. Nadie se queda con todos. Buena suerte —cabeceó y salió por la puerta.
Yo me quedé mirando el suelo, con la cara entre las manos. La voz de María volvía a la carga.
—Víctor.
Mamá puso su mano arrugada en mi rodilla. La miré esperando esa sonrisa que le había descubierto, ese resabio del hogar que no tuve en quien compartió uno más duro conmigo. Iluso yo, su semblante era el de un búho, austero y reflexivo, para nada acogedor como su palma en mi rodilla.
—No importa, mamá. Ya elegí. Me quedo. Eso es lo que quiero. Me quedo, mamá. María es una promesa, nada más. Vos estás acá, a mi lado, y eso es todo lo que necesito.
—La quiero afuera —refrendó.
—No entiendo.
—La quiero afuera.
—Lo sé, mamá, está afuera, quedate...
—¿Usted no es escritor, Víctor? —se entrometió el doctor Juárez. —Su madre siempre fue terrible para los signos de puntuación.
—¿Qué tienen que ver los signos de puntuación?
—Ay, ay, ay... A ver si Jardiel Poncela me da una mano.
LA QUIERO AFUERA.
LA QUIERO. AFUERA.
—¡Afuera! —balbució mi madre.
Ahora su sonrisa era plena; espantosa, no por eso menos que una revelación: pocas veces la había visto sonreír de orgullo. Tragué aire.
—¡Afuera! —subió el volumen. La miré. Todavía sonreía.
—¡Afuera! —aulló.
—Mamá... ¿por qué?
Buscó las palabras. Las encontró ahí nomás. Siempre las había tenido a mano.
—La quiero.
Sonreí. Le besé la mano. No era una reconciliación absoluta. Era sólo un paso.
—¿Y a mí, me querés? —me dejé llevar. Adiós sonrisa, hola cara de culo.
—Pendejo de mierda, hace una hora que queremos estar a solas con el doctor y vos no dejás de dar vueltas. Andate, de una vez, hacé el favor.
Me corrijo: yo tenía razón, el doctor Juárez quería cojerse a mi vieja. Lo miré con asco y me volvió a guiñar un ojo. Qué tipo extraño.
Guardé la hoja en blanco en mi bolsillo y salí del consultorio. Desde el umbral le confesé que había fumado porro con Matías. Ella me revoleó un zapato, como solía hacer en casa cuando estaba acostada y yo me arrimaba a pedirle algo. Cerré la puerta, me quedé parado frente a la blancura de mi cabeza. Detrás escuché un jadeo erótico y, asqueado, me alejé lo más rápido que pude.
Corrí como un desaforado. Corrí y corrí. Hasta que escuché la voz de mi madre.
—A tu derecha, estúpido.
Ahí estaba María. La niña, la que había amado con celo. Su piel cenicienta y mortecina, su corte carré, sus hoyuelos en los cachetes al sonreír hasta la frente. Pero la imagen duró lo que un chasquido. Algo se me interpuso, choqué con la frente y ese impacto me despertó sobre el escenario de Las Luces.
—Pst, pst. Pablo, dale, te toca —me incitaba el Pollo, a un costado del escenario.
Me toqué la cara, estaba mojada. Observé mi reflejo en un espejo al otro lado: lucía un disfraz de Elvis Presley. Una banda detrás de mí comenzó a tocar “A little less conversation”. Mi celular sonó. Era Mati.
—No me vas a creer, pero... estoy en el lugar donde vos querés estar.
—Estás fumado, hijo de puta.
—Te llamo después.
Miré hacia adelante. El olor era nefasto, pero no me importó: tragué aire como un condenado que acaba de salir en libertad, llené mis pulmones, sonreí de orgullo y canté y bailé a lo Andy Kaufman.
Baby close your eyes and listen to the music
drifting through a summer breeze.
It's a groovy night and I can show you how to use it,
come along with me and put your mind at ease.
Tras los aplausos, uno de los músicos se acercó a felicitarme. Era el guitarrista con pinta de científico alemán que había visto en el Once. No me sorprendió: el pasado puede volver en forma de fichas de remordimiento a veces; otras, cual monedas de fresca nostalgia para el costado mendigo.
—Sos igualito —me dijo, aún sobre el escenario.
—Vos sos igualito a Neurus.
—¿A quién?
Casualmente, metí mis manos en los bolsillos del pantalón y encontré un papel. Lo desdoblé y leí su contenido. Si me ayuda Jardiel Poncela, decía:
EL CURIOSO INCIDENTE DEL PERRO A MEDIANOCHE
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2 comentarios:
Creo que me estoy enamorando de Víctor, pero la vieja me sigue resultando una genia. Muy bueno, Facu. Espero el siguiente.-
No te enamores, no, no te enamores nunca de aquel marinero bengalí. Gracias, fan namber uan.
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