Terminé junto a la Deportada en mi habitación kitsch. Esa noche, luego del sexo, se me cruzó llamar a los pibes del barrio para contarles, pero me di cuenta de que era un impulso de borracho y me acosté. Al despertar, vi sobre la cama su silueta estropeada por el paso tiempo: las tetas caían de su pecho con la elasticidad de dos gotas de agua, el pelo parecía un manojo de tallarines, el vientre era manteca friéndose y el rostro estaba contorneado por un par de embutidos. Era un ejemplar gastronómico.
Habíamos pasado la noche juntos, una oscuridad frenética que habría disfrutado si mi madre no hubiese estado allí; distante, en uso de su habilidad. Silenciosa, pero allí. No es ningún dios el que sentimos observarnos cojer como un voyeur todopoderoso: son nuestras madres las que siempre están allí, encarnadas o fantasmales, mirándonos malograr tinta.La luz seducía apenas a través de una hendija en las cortinas; vi el delantal de mesera desplegado sobre el sillón y sentí una felicidad inaudita, un placer puro, que me cargó aire para el viaje. Ya era tiempo de salir hacia Aeroparque. La Deportada —obvia ironía— no podía volar conmigo.
Embobado, romántico, mis pensamientos se quedaron impregnados por esa mística dulce, esa madurez repentina, en el viaje en taxi, durante el check in, el embarque y la espera, hasta que un hondazo me devolvió a la impertinencia: una voz, no la de mi madre, anunció que el avión a Santiago en el que me acababa de subir sería piloteado por el comandante Jorge Videla. Debía bajar: mi momento era particularmente inestable en lo que refiere a elucubraciones de la Providencia; pero para cuando me decidí, ya el culo comenzaba a fruncírseme, ya se levantaba el avión hacia la Cordillera, ya la atravesábamos en silencio admirable (¡San Martín!) y miedoso (¡Canessa!), ya mirábamos los pasajeros hacia abajo para ver las cumbres nevadas y glaciares celestes, ya mordisqueaba un brownie y bebía el café que servía un aeromozo musculoso, ya descendía el avión detrás de la Precordillera, ya toleraba alguna sacudida remolona, ya veía el cielo humoso de Santiago.
Saqué la cadenita de mi mochila y la observé un rato, sentado en las butacas de espera. ¡María! Traté de calcular cuántas personas se habrían sentado en el mismo lugar la última semana. ¿María?
Estuve no más de una hora en ese aeropuerto, y otro vuelo me dejó en el de Puerto Montt. Eran las cuatro de la tarde. Tomé un micro hasta la ciudad.
El peso de la idea de buscar a María (en realidad, a una María una veintena de años mayor que la mía) en un país desconocido y frío me cayó sobre los pies de repente y me inmovilizó. ¿Por dónde se empieza cuando el primer paso se dirime entre el todo y la nada?
Al escribir, tanto como al abordar a una señorita, me gusta pensar que forjo el comienzo, la noción de que no hay pasado, y esa misma idea me entusiasma frente a una hoja en blanco. Pero aquí la historia la habían comenzado otros porque esas personas en la calle se movían, hablaban, tropezaban conmigo. Y una de las personas que me llevó puesto me ofreció hospedaje en Puerto Varas. Entonces seguí dejándome llevar.
—Bueno, hacia Puerto Varas vamos —celebró Raúl, la persona en cuestión, que ahora manejaba una combi moderna con asientos traseros en los que íbamos dos parejas de jóvenes chilenos y yo.
Preguntas de rigor: de dónde vienen, a dónde van. A diferencia del resto, no respondí la segunda. Me limité a ahondar en la primera.
—Oh, yo viví un tiempo en Temperley, en lo que ustedes llaman el conurbano —contó el conductor. Intercambiamos unos cuantos nombres propios de bares y supermercados que ya no existen, y después la combi quedó en silencio unos minutos incómodos, hasta que Raúl ofreció:
—Pueden consultarme cualquier cosa que necesiten saber. Hace veinte años que hago esto y vivo aquí desde que nací, así que algunas cosas sé.
Como nadie decía nada y a modo de chiste, para romper el hielo pregunté:
—¿Los extraterrestres existen?
Tras resoplar un poco, el viejo agarró viaje; entusiasmado comenzó a relatar historias, propias y ajenas, de luces extrañas en los cielos grises del sur chileno y abducciones de campesinos. Mi pregunta había dado en el clavo: los pueblos vecinos son depositarios de toda clase de mitos y sucesos inexplicables. Raúl mencionó luego una decena de criaturas en la que los aledaños creen con efervescencia: subrayó una en particular como la más popular, el Trouco, algo así como un duende patagónico que seduce y embaraza a las damas cuyos maridos pesqueros salen a navegar.
—Cuando las mujeres se quedan solas por mucho tiempo, les agarran ganas de acostarse y andan con otros hombres. Al tiempo, los maridos vuelven del Pacífico y se encuentran con sus esposas encintas, y ellas culpan al Trouco. “Oh, entonces está bien; nada se le niega al Trouco” —se mofaba Raúl, zumbando sobre ruedas por una montaña rusa de asfalto. El resto del paisaje eran pasto y puñados de árboles.
En cuestión de fe, no sólo creen en todo eso que pasan por el canal Infinito. Los chilenos del sur son muy católicos, tanto que siempre hay una iglesia a diez cuadras a la redonda. Hay más iglesias que escuelas y hospitales. Sólo en Chiloé, una isla cercana, catorce fueron declaradas patrimonio de la humanidad por el modo en que fueron construidas: son completamente de madera y los artesanos que les dieron forma no utilizaron ni un clavo de acero. Jesús mismo no podría haberlo hecho así.
—Y déjenme que les cuente sobre la isla misteriosa... —pidió permiso Raúl, visiblemente entusiasmado. No lo necesitaba, tenía a merced un auditorio de crédulos atrapados en la parte trasera de su combi—. Cercana a Chiloé, hay una isla invisible. Nadie sabe su localización exacta, pero hay quienes juran haberla recorrido. No aparece en los radares ni en ningún mapa, pero allí vive una comunidad entera.
—¿Y cómo se llega? —interrumpió una de las muchachas, que ojeaba un mapa de Puerto Varas y masticaba ruidosamente un chicle.
—No se puede. Sólo llegan ahí quienes son contactados mentalmente por sus habitantes —le puso freno el bueno de Raúl—. Algunos pesqueros cuentan haber oído voces por las noches, en el inmenso océano, no muy lejos de la isla. Los que tuvieron la suerte de conocerla, aseguran que allí viven personas que aquí, de este lado, están muertas.
—¿De qué lado?
—De éste.
—¿Y usted cree en eso? —le pregunté.
—¡Claro que creo! —exclamó al borde de la indignación. Nuestro simpático chofer no era del todo inasible a los mitos rurales—. ¡En algo hay que creer! Si no, no se puede vivir. La fe es un tesoro muy preciado, porque sin fe, esto no es un automóvil, eso no es una ruta y aquellos no son árboles.
El predicador hizo un silencio que nadie se animó a —o no supo cómo— ocupar. Luego continuó:
—Las versiones sobre la isla, en realidad, son muchísimas: algunos hablan de un fenómeno extraterrestre, otros piensan que allí hay un centro de alta investigación científica. También hay de los que sospechan que se trata de un refugio nazi y de los que dicen que es la isla de los anticristos. No hay pruebas de que la isla exista, pero sí mucho testigo, mucho testimonio, y todos dicen cosas distintas, pero todos, absolutamente todos, hablan de los muertos.
—Hace poco vi en la tele que una mujer había desaparecido —comentó, cabisbajo, uno de los jóvenes, el novio de la muchacha que no era la del chicle y el mapa—. Los amigos dicen que ella escuchaba las voces de la isla misteriosa, pero nadie le creía. Hasta que desapareció...
—¡Ay, sí, yo lo vi en la tele! —arremetió, ahora sí, la muchacha del chicle y el mapa, cuyo novio parecía aliviado de distender la vinculación amorosa a nuestra merced—. Fue lo máximo. La madre de la desaparecida contaba que la última vez que la vio estaba muy extraña, como en trance, y que repetía que iban a llevársela.
—¿Una mujer de cuántos años? —inquirí.
—Treinta y dos —me respondió Raúl, siempre con la data a mano—. Salió en La Estrella hoy.
—¿Y nadie pensó en la posibilidad de una huida o un secuestro? ¿Qué tal si la agarraron para una red de trata de personas?
—Esa es la hipótesis de la Policía, pero hasta ahora no llevó a ninguna parte. Yo creo que María está en la isla.
—¿Perdón? —la sorpresa me atoró.
—¿Qué?
—¿Cómo se llama la mujer?
—No sé, no lo recuerdo.
—Ay, ¿cuál era su nombre? —volvió la del chicle y el mapa.
—Usted acaba de decir “María”.
—No. ¿María? No sé de quién se trata. Usted debe haber escuchado mal.
Me quedé intranquilo, contemplando un paisaje cada vez más urbano. Hasta el final, nadie más negó el silencio.
Llegamos a Puerto Varas a las cinco y media de la tarde. El volcán Osorno estaba ausente, detrás de nubes y nieblas, al otro lado del lago Llanquihue. Raúl nos llevó a las cabañitas que alquilaba un tipo al que llamaban Mikel, un gordito nerd que repetía “gueón” cada diez palabras.
Sólo salí para comprar comida. Luego me quedé en la cama, tomando cerveza, mirando un reality chileno que les ofrecía a unas feas cirugías plásticas para renovar sus aspectos. No estuve de acuerdo con las elegidas. Me dormí cuando entraban al quirófano. Soñé la voz de una mujer (¡María!). No, no en verdad. La voz de una mujer (¿María?) me soñó.

4 comentarios:
Un poco de aire para ese muchachito, qué bueno. Espero el próximo capítulo :)
Volví porque me interesa tu estilo, Facundo.
Espero la continuación, también.
Un abrazo.
HD
Ese último párrafo...genial.
Lau: aire es lo que le sobra a Víctor; le falta a su madre.
Hum: Gracias. Pasaré por tu sitio también.
Hai: Sí, Humberto escribe lindo.
Salute a todos.
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