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CINCO: LAS FLORES QUE ME HICIERON MAL


Entre “realidad” y “realeza” hay una aliteración. Esta historia dice así: hace miles de años a un rey mezquino se le antojó que el suelo es duro y, desde entonces, duele caer desde alturas superiores a, digamos, tres metros. La realidad es comúnmente opuesta a la ficción, pero la encrucijada es que por definición la realidad puede bien ser ficción. Esto no es nada nuevo.

  Realidad. 
  1. f. Existencia real y efectiva de algo. 
  2. f. Verdad, lo que ocurre verdaderamente. 
  3. f. Lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio.

  Más o menos cuando el incidente de la paloma, en mi sinuoso camino de autosuficiencia literaria me topé con el poemario Las flores del mal, de Charles Baudelaire. Me lo prestó una chica que mis amigos decían que estaba enamorada de mí, pero que me asustaba principalmente porque a nuestros doce o trece ella ya había tenido su primera experiencia sexual con un novio de quince. ¿O quince años mayor? Da igual. Ella nunca me habló del asunto, pero los pibes me traían esa data. Yo ni siquiera había dado mi primer beso y el Gordo se la pasaba pavoneándome con que la minita, una flaquita onda Mona, me mataría en la cama. En tiempos en que yo recién le entraba a los cuentos de fútbol de Fontanarrosa, reía con La venganza será terrible y coleccionaba las figuritas de Los Simpson, la loca leía a los poetas malditos (me imaginaba una secta diabólica de terroristas de la palabra), escuchaba The Smiths y ahorraba para comprarse un axolotl. El comentario del Gordo me aterraba bastante.
  Por lo general, no tomo libros prestados. No es que no me guste acercarme a autores que desconozco ni que esté en contra de compartir objetos. Lo que sucede es que tengo por maña hacer anotaciones, subrayar y hasta recortar mis libros. Me gusta, sobre todo, resaltar de alguna manera las frases que me disparan ideas, los versos que quiero guardar para recitarle a alguna mina o las evocaciones que reconozco. Me gusta anotar a un costado de las páginas los ideólogos que menciona Ignatius Reilly cuando escribe en sus cuadernos Gran Jefe, y encontrarlos en alguna mesa de saldos en la calle Corrientes es otro signo inequívoco del destino. Disfruto el ego que me produce que un autor fascinante cite un libraco de mi preferencia o que al menos repose virgen en mi biblioteca, como me pasó con El centauro —que tomé prestado de unos estantes de casa de Tita— en Tokio blues. Me caga, felizmente, Enrique Jardiel Poncela, que utiliza tipografías cambiantes para destacar mayormente sintagmas nominales o cartas de presentación. Si su Don Juan se topa con un cartel que le impide el paso a su auto, aparece algo así:


ESTE CARTEL LE IMPIDE EL PASO A SU AUTO 


  A fin de cuentas, acepté con gusto Las flores del mal y también Rayuela, de Cortázar (poco tiempo después, Fran y yo escribimos un artículo sobre este misterioso libro del autor banfileño en el que intentamos dar cuenta de la línea que había trazado en el tupperware del mundo literario. Lo titulamos “La rayuela de Cortázar”, irresponsablemente ilustrado por Fran con una foto de la no menos misteriosa raya del culo del Gordo). Con gusto porque a pesar del sugestivo temor que me provocaba esta Mona de monoblock y mi reticencia a los libros prestados, algo en ella me resultaba hipnótico y era precisamente su presunta experiencia en contraposición a mi innegable inocencia. Vaya una anécdota para que comprendan. A los 15 comencé el secundario en un nuevo colegio, superpoblado de pibes con tatuajes y mochilas de Sepultura y pibas con los tirantes de la tanga turquesa hacia afuera. Fui engominado y con la remera dentro del jean. En la primera clase levanté la mano y me dirigí a la profesora para convertirme de un saque en el hazmereír del curso. La llamé “seño”.
  Como solía leer varios libros a la vez (ahora leo sólo de a dos: uno lo tengo en la mochila, es para los viajes y esperas; el otro, para antes de dormir), tenía una pilita sobre la repisa que hacía de mesita de luz en mi habitación de la casa de Longchamps. En el tope ubiqué los prestados y relegué otras lecturas para apurar la devolución. Leí Rayuela en una semana. Lo devoré en los momentos libres (atención: hay una cárcel de momentos). El listado academicista de aciertos de esta fantástica obra aparece en una extensa bibliografía oral y escrita (incluido el artículo “La rayuela de Cortázar”), pero lo que en mí le dio carácter de América descubierta fue una sensación que recorrió luego todo mi cuerpo y llegó hasta mi marchito pito: fue el primer libro de narrativa “seria” que me calentó. Por entonces nos masturbábamos con la historieta Cazador, así que hallar que la descripción de una harapienta realizándole un pete a uno de los protagonistas podía ponerme al palo fue como descubrir el sabayón turco. Desde entonces, cuando los neófitos discuten si Borges o Cortázar, no lo dudo: jamás se me paró con El aleph.
  Inmediatamente, comencé a leer Las flores del mal, de a dosis de un poema o dos por noche. La invasión de neologismos baudelairianos no tardó en surtir efecto y comencé a escribir poemas recalcitrantes sobre baba de ángeles y el enajenante pandemónium que es la ciudad. Le mostraba mis incursiones a Fran, pero él estaba aún atrapado en las tramas barriales de Fontanarrosa. Sutilmente desacreditaba mis piezas afectadas de simbolismo francés. Sin embargo, lo horrible de la anécdota comenzaría a una semana de iniciado el tratamiento, la contraindicación de esas aplicaciones de decadencia: una detallada pesadilla en capítulos que me hizo caer en la más profunda introspección que tuve, hasta hace tres días, acerca de la muerte. Era algo así:

  Estoy en una cabaña. Soy un pobre campesino en una escena medieval, onda El señor de los anillos. No se puede salir de la campiña. Dentro de ella están las cabañas y el castillo donde duerme tranquilo el rey. Hay un contrato con el diablo que vive en el bosque que circunda la campiña: él no viene si nosotros no vamos. Sólo permite el paso de una escuadra de cazadores y recolectores por semana, que traen las provisiones para alimentar a los habitantes de la aldea. Las cabañas son pequeñas, con techos de paja y portones de madera. Mi vida como campesino es ordinaria. Saco agua de un pozo y alimento unas cabras. Hago eso cuando otro campesino informa la tardanza del grupo de caza y recolección. Todos se alarman. ¿Habrán pasado “el límite”? Transcurren los días. Saco agua del pozo y alimento unas cabras. El grupo de caza y recolección no regresa. Un tiempo después —difícil precisar mayores coordenadas de un sueño— el rey manda a un segundo grupo a buscar al primero. Tampoco regresa. Todos están asustados. El rey ordena que un escuadrón de soldados vaya al bosque en busca de los extraviados. Ahora soy uno de ellos. Estoy en una habitación sumamente oscura. Hay baúles de mimbre apilados en el suelo y sogas colgando. Me rodean otros soldados, vestidos de aldeanos. De un cofre tomamos nuestros trajes protectores. Son azules y brillantes, de una pieza que cubre todo el cuerpo, como los trajes de los Power Rangers, pero en la cara sólo dos óvalos para los ojos. Parecemos extraterrestres flúor. Nos adentramos en el bosque. Pierdo de vista a mis compañeros. Tengo miedo, rodeado de serpentinas naturales y troncos anchos. Vuelvo a ser un campesino. Dan la noticia: el escuadrón especial no ha regresado. Me acuesto a dormir, angustiado. Al amanecer, escucho gritos. Son de mujer. Corro. Todos están reunidos frente a su casa. Su familia ha desaparecido. Los aldeanos no lo dudan: el diablo. Profundo temor. La mecánica es sabida: la criatura ataca por las noches. En algún punto de esa oscuridad, todas las puertas de la aldea se abren y es necesario para no desaparecer cerrarlas antes de que la sombra del demonio se pose en los umbrales. Uno tras otro, los aldeanos son capturados, hasta que soy yo el rey, el mezquino amo y señor del universo. El castillo es altísimo, tiene una escalera caracol hacia el fin de su única torre, donde está mi habitación. Duermo enredado en sedas blancas. Solo. En el sueño del sueño escucho el ruido de la puerta enorme abrirse de par en par. Corro sin aliento a cerrar la puerta. Corro, corro, corro. Desciendo la escalera, decanto los enormes ladrillos grises de mi morada real. Estoy en la planta baja, a la misma distancia de la puerta de la que el diablo me mira. Es un ser humano sin piel y con huesos sobresalientes en su rostro. Sus ojos son como de lava. Corro, corro, corro. Pero no llego. El diablo avanza y yo no. Corro, corro, corro. Nada lo detiene.

  En ese punto, me levanté de mi cama en la habitación de la casa de Longchamps a intentar cerrar la puerta de chapa, mojadísimo por la transpiración del pique absurdo que acababa de pegar escaleras abajo.

  Ficción. 
  1. f. Acción y efecto de fingir. 
  2. f. Invención, cosa fingida. 
  3. f. Clase de obras literarias o cinematográficas, generalmente narrativas, que tratan de sucesos y personajes imaginarios. Obra, libro de ficción. 

  Abandoné Las flores del mal y la pesadilla no regresó. Llegaron en cambio días siniestros: pensaba que todos estaban al morir.
  Con Mona sólo nos dimos unos besos. Muchos años después. Ella quería tener hijos.

  Hace tres días que tengo el mismo sueño. Mi madre en un desierto polvoriento. Sostiene unas flores y masculla una dirección. Cada vez más clara.


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2 comentarios:

Unknown dijo...

...y ahora tengo ganas de seguir leyendo.Esperaré, como el hombre de Corrientes y Esmeralda :)

Facundo Gari dijo...

Y no sabés la que se viene...

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