—Mamá, son por tu bien.
—¡Cómo puede ser por mi bien que esté así, envuelta en film y cubierta de bolsas Rolito. Y encima que el Corky degenerado de tu amigo traiga a sus trolas acá a cojérselas como un conejo. ¡Ya no tolero semejante espectáculo! ¡Hacé algo, carajo, brrrr!
Por contrapartida, yo llegué a Belgrano a eso de las tres de la tarde con la guadaña de un calor insoportable tajeándome la espalda. Juro que en el subte vi vapor húmedo elevarse entre los cuerpos de los viajantes. Un gordo chivaba la gota gorda —con perdón por el chiste fácil— y salpicaba a resoplidos, de la transpiración que le caía de la frente a la boca, a unas ancianas decrépitas que hablaban de animales domésticos. Hasta ese barrio me condujo la dirección que mi madre repite hace casi una semana en un sueño por lo demás desértico.
De arranque sentí reticencia en seguir sus quiméricas indicaciones, sobre todo por ser suyas. Pero al final me ganó la curiosidad. La curiosidad y el sentimiento de incertidumbre que tengo desde que ella partió sin partir, quedándose aplacada a la húmeda cama del departamento de Catalinas. Allí vivimos desde que nos mudamos desde Longchamps.
La casa parecía una embajada: así de grande, así de prosaica, así de ostentosa era la mansión que veía del otro lado de la reja. Siempre me provocaron desazón estas casonas: imagino fantasmagóricas habitaciones deshabitadas y muñecas de porcelana sobre divanes o camas prolijas. Siempre escenarios de película de terror.
Toqué timbre y la voz de una adolescente me atendió.
—Hola, mi nombre es Víctor. Necesito hablar con el dueño de casa.
—No estamos interesados en adquirir ningún servicio, producto o religión— respondió automáticamente, como si fuera un portero eléctrico programado con voz femenina y no una empleada doméstica.
—No, no, nada de eso. Estoy aquí de parte de Lidia Francioti.
—¿Cómo dijo? —preguntó algo alarmada.
—Que vengo de parte de Lidia Francioti.
—Aguarde, por favor.
Di un paso atrás. La reja emitió ese pitido que dan las puertas eléctricas para permitir el paso. Caminé hacia la lustrosa puerta principal.
—Víctor, Víctor, ¿me escuchás?
—Sí, mamá, ¿qué pasa?
—Ah, me escuchás, maleducado. ¿Por qué carajo no me respondés, entonces? ¡Quiero que vuelvas ya mismo a sacarme de esta cama mojada! ¡Ya mismo!
—Me pediste que venga acá...
—Estás delirando de fiebre. ¿Te das cuenta? Siempre supe que estabas loco y esto lo demuestra...
—Mamá, ahora no estoy para esas cosas.
—Ah, claro, al señorito hay que darle aire. ¿Querés que te cuente lo que es estar sin aire? ¡Ponete un film en la boca, la gran puta! Víctor, no voy a repetírtelo, volvé de inmediato a limpiar este enchastre o...
—¿O qué, mamá?
Era fines de los noventa, un día soleado. Caminábamos con los pibes, sin nada que hacer, por una arbolada calle que nace en el límite del barrio y desemboca en la plaza Santa Rita.
No teníamos pelota, ni siquiera una de básquet como para armar un fútbol-tenis. ¡Si habremos pinchado anaranjadas! Mati —que era del grupo del cole pero su sumó durante un tiempo al equipo del barrio— le perdió el miedo al balón atajando balinazos granulientos a una distancia poco prudente para la vida de cualquier guardameta. Al principio, medio que se corría, le daba miedo, pero después le fue poniendo el cuerpo, que le quedaba con unos círculos de piel candente. Cuando conseguimos una nueva pelota de fútbol fue demasiado fácil no temerle: no lastimaba ni la mitad de lo que lo hacía la enorme anaranjada. Se ganó, por la destreza de sus atajadas, el mote de “Gato”, uno de los menos ofensivos que se le conocen.
Estábamos bastante al pedo, como era frecuente cuando no jugábamos al fútbol. Nunca le temimos a la nada y dedicamos largas tardes al alpedismo prolongado, que es un bellísimo ejercicio físico y metafísico del que los tiempistas de lo pragmático huyen como las moscas al insecticida. Fíjense cómo le temen a la palabra “nada”. “¿A quién se le puede ocurrir semejante pérdida de tiempo?” Hacer nada, tamaño oxímoron, señor de tarjetas de crédito, es precisamente lo que a los humanos nos haría más felices que hacer algo, porque acá “algo” es “dinero”: sería el tiempo de la contemplación, la reflexión y la masturbación, que tanto nos andan faltando. “¿Nada? ¿Y el progreso? ¿Los vencimientos? ¿Los plazo fijo?” Ese es su problema, señor de tarjetas de crédito: el concebir al tiempo de una manera tan obtusa. ¿Nunca leyó ese maravilloso poema de Borges que dice: “Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”? Se lo aconsejo. ¿Jamás sintió pasar un día como un soplo en la nuca o una semana con la cadencia ralentí de una película europea? Nada más tirarse en el piso del cuarto de Oqui y Fran o en el pasto de la plaza a charlar sobre lo que fuese devenía en debates intensos que decantaban en ideas para cambiar si no el mundo al menos nuestras figuritas. También, en divertidas anécdotas que ayudaban a conocernos un poco más. Tengo la certeza de que con esos con quienes uno ejerce el alpedismo en la infancia establece un vínculo que más de una vez nos hace sentir que estamos al tanto de todo aunque nada sepamos de nuestras agendas recientes. Gozar de tiempo al pedo, sobre todo durante la infancia, es fantástico. Hoy casi todo el mundo labura demasiado para detener la muerte, y en eso mismo la acelera: habrá oído del estrés, también de los genocidios. Le guste o no, no hay manera de detener a los gusanos del tiempo, señor de tarjeta de crédito. Tengo una madre muerta en casa para demostrárselo. Lo invito a no hacer nada.
Decía: caminábamos con los pibes cuando nos sorprendió una gran columna de humo por detrás del paredón de árboles y ligustrina que separa la calle de un enorme y deshabitado campo. Conocíamos el llano por haber jugado más de una vez en sus canchitas, partidos que unos borrachos que nos convidaban a nuestro pesar vino de Tetra armaban los fines de semana para entretenerse. Ese sábado nadie jugaba al fútbol en el campo. Cuando nos arrimamos a ver dónde estaba el fuego que primero adjudicamos a algún viejo quemando basura nos quedamos absortos: había una banda de chinos con antorchas en su manos altivas; todos corrían a lo loco, gritaban lo que parecían improperios —sobre todo por las elocuentes gesticulaciones— y rajaban de a diez en camionetas. Nos quedamos los pibes y la fumata solos.
Con temor, avanzamos por la explanada. La humareda era espesa y nos hacía llorar. Oqui y el Gordo se habían quitado las remeras para usarlas de barbijos. Si mirábamos hacia arriba, no podíamos ver el cielo.
Con anterioridad, mientras le pasaba pomadita al capó de su Falcon a tres cuadras del campo, el anciano Federico nos había contado que antes de que Longchamps existiese había allí un castillo enorme como los de las leyendas nórdicas. Pertenecía a una familia adinerada de fines del siglo XIX o comienzos del XX, y es posible imaginar la estructura a partir de sus restos: dos pilares de piedra todavía se yerguen cual entrada a la quinta; y aquí y allá, entre palmeras, resisten unos pocos adoquines de lo que fueron paredes de esa mansión medieval. Pero nada de eso veíamos a causa del humo. No obstante, avanzábamos, a tropezones de yuyos y piedras, en silencio, contándonos con la vista los unos a los otros, en precaución de algún pirómano oriental que surgiese de las paredes grises a prendernos fuego.
Arduo camino, alcanzamos el punto del que provenía el humo: una escalera taponada con ramas secas y maderas que el fuego consumía con voracidad, llamas coléricas que provenían de las entrañas del campito, de un sótano o un pasadizo coartado con tierra y piedras.
La intriga nos creció y, aún en silencio, inspeccionamos la zona. Encontramos varios restos de lo que parecían documentos antiguos escritos a pluma. Por lo que pudimos presumir, en francés, pero los trozos eran demasiado pequeños y estaban muy deteriorados por los años y el fuego como para cerciorarlo. Además, ninguno del grupo entiende un pomo de francés.
Del incendio en el barrio se habló poco y nada. Todo quedó en las fauces del misterio. El único que nos aportó una teoría fue Hernán, un vecino treintañero, recontra limado, que por entonces laburaba en una empresa de seguridad custodiando casas de comida rápida y que, cuando éramos pequeños, ponía alfileres en la vereda para pincharnos las bicis. Para él, los chinos habían sido enviados con el fin de destruir una documentación valiosísima sobre ciertos pronósticos de un Nostradamus latinoamericano. Su teoría conspirativa incluía un viaje de no sé qué nobles de Francia para dar con el oráculo, una sesión de espiritismo tematizado en el destino de las naciones más poderosas del planeta y un presagio de fin del mundo propio de todo adivinador que se jacte de tal y que, por desgracia oriental, responsabilizaba a China de antemano.
—¿Ustedes creen que la aparición de tantos mercaditos chinos es casual? —nos preguntaba Hernán con ojos rabiosos y una de sus botas apoyada en signo de conquista de la inteligencia sobre los escombros rostizados, al otro día del incendio.
Entre los restos cercanos al hoyo taponeado con piedras y maderas quemadas hallé la cabeza chamuscada de una muñeca de porcelana.
—Pase nomás, el señor lo espera.
—Ya somos dos los que esperamos, brrrr, la puta madre.
—Vos calláte.
—¿Cómo dijo?
—No, nada, no hablaba con usted.
El interior de la mansión era en suntuosidad más impresionante que la fachada. Todo era moderno y de tonos claros —las paredes, el suelo, las cortinas, las alfombras y los sillones— y sin embargo se presentía un vaho de perversidad. Se equivocan los de los esfuerzos porque lo malo coincida con la negrura: las luces de salas de tortura, ciertos quirófanos macabros y casi todas las oficinas son blanquecinas.
La voz joven que me había recibido desde el contestador de la entrada lucía un cuerpo de mujer madura, ajado, pequeño. Su pelo era castaño, su piel morena, su ropa un uniforme que yo creía en desuso, el típico de sirvienta de telenovela o de disfraz erótico. Su andar era aplicado y, con habilidad inaudita, evitó que la mirara directo a los ojos aunque me hablara o le hablase. Presentí que ese comportamiento era una orden de su “señor”. La seguí hasta una oficina amplia, con un escritorio de madera y un sillón alto del lado del que usualmente se anuncian los despidos. Ni bien entré, un hombre giró el sillón y, él sí, me miró punzante a los ojos. Me produjo un escalofrío. Sentí ganas de fumar.
Me ofreció tomar asiento del lado del que usualmente se pide clemencia.
—Así que usted viene de parte de Lidia Francioti... Dígame, en qué lo puedo ayudar.
Era un viejo de unos sesenta años, de bigote canoso y pelo corto haciendo juego. Tenía muchas manchas de esas que tienen todos los viejos en la frente. Vestía una bata de seda bordó con un pañuelo verde brillante en el cuello. Porte de dandi de otro tiempo con un vaso de whisky en su mano izquierda.
—Mi nombre es Víctor, soy hijo de Lidia.
Noté que se quedaba atónito, pero rápido trató de ocultar los índices de sorpresa.
—Ya veo. ¿Y qué lo trae por aquí?
—Desde hace unas semanas mi madre está en una situación delicada y me aconsejó venir.
—Entiendo. Imagino cuál es el motivo, así que puede ahorrarse las explicaciones. Prefiero atravesar esto de la manera más sencilla.
—¡Ay, hijito, brrrr, no te imaginás lo que se viene!
—Discúlpeme, antes quisiera saber su nombre.
—Agarrate bien de la silla. Este hijo de puta te va a cambiar la vida.
—Por supuesto...
El viejo se puso de pie.
—No, no es tu papá, salame, brrrr. Siempre la misma sospecha con cada viejo de mierda que te cruzás, eh...
Caminó hasta mi lado, yo sentado en la silla.
—Pero es el padre de alguien que conocés bien.
Y extendió su mano para apretármela a modo de presentación.
—Caete de culo, brrrr.
—Soy Esteban Francioti.
—¡Ja!
—Tu tío.
—¡Bingo!

2 comentarios:
Este muchachito tiene una lima importante y la interacción con su madre es muy entretenida. Esa mujer (aunque muerta) me hace reír.
Y eso que todavía no leíste el capítulo en el que se sientan a charlar...
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