Mati es dueño de un supermercado chino en Constitución. Se preguntarán cómo puede un argentino ser dueño de un supermercado chino. Mati confía en que los chinos dominarán el mundo, que su poderío tecnológico abrazará a la humanidad y que pronto los tendremos del otro lado del mostrador en el escritorio en el que se dirime el destino del universo. Tiene la teoría de que sin demasiado esfuerzo puede hacerse pasar por uno. Rechaza el argumento más sensato: sos argentino, boludo, no chino. Le contrapone, sintético: lo que soy es asunto mío.
—Si me rodeo de esta gente, si le doy laburo, si la trato amablemente y busco identificarme con ella y sus rituales, pronto me integrará a su cultura. Imaginate cuando sea samurái...
—Sapucai te van a nombrar a vos. Y te vas a tener que ir a vivir a Paraguay.
Xiamoei es la cajera de Amanecer Chino. Y además de ella, otras cinco jovencitas de ojos afilados deambulan entre las góndolas. Es que la apertura étnica y estratégica de Mati no se opone a su otra gran pasión: cojer. Y las seis empleadas son chinas o descendientes muy hermosas, aunque tengan entre trece y diecisiete años. Para completar la escena, desde que abrió el supermercado Mati tiene nuevo look. Se peina hacia atrás con un poco de gomina y usa bigote caminito de hormiga, que en realidad lo asemeja más a Cantinflas que al gangster asiático que cree que es cuando hace gestos en el reflejo de las heladeras. Musculosa blanca, pantalón pinzado, zapatos escamados y siempre el toque de una camisita de mangas cortas, abierta, preferentemente con letras orientales o geishas abanicándose.
Con los codos apoyados sobre la cinta de la caja, hablándole seductoramente a Xiamoei estaba cuando llegué esa tarde.
—¿Tenés idea de cómo es “tetas” en chino? Tiene buenas tetas esta pendeja pero no sé cómo decirle nada. Me la paso como un tarado haciendo muecas. Es muy fuerte si le hago así, ¿no?
Hizo un gesto bastante grosero.
—Mati, eso es una barbaridad. Además tiene catorce años esa piba. Ya es bastante que no te hayan agarrado por trabajo infantil, encima te la querés empomar.
—Vos me conocés, Víctor. No puedo conmigo...
—Bueno, pará, no empecés con la zaraza culposa que vine a pedirte un favor. Necesito que cuides a mamá.
—¿Por?
—Tengo que hacer unos trámites y voy a estar afuera unos días.
—Víctor, yo no sé si te diste cuenta pero tu mamá está muerta. No te va a quemar la casa. Dejala sola. O enterrala y dejate de joder. No podés estar pendiente de un fiambre toda la vida.
—Necesito una semana, sólo una semana. Te podés quedar en casa. Dale, haceme la gauchada.
—¿Qué onda? ¿Adónde vas?
—Tengo algunos asuntos que resolver.
Cuando lo pienso me resulta increíble que el mismo pibe que cantaba “Cachita”, de Ricardo Montaner, mientras el resto de los alumnos del San Francisco de Asís entonábamos el “Himno Nacional” sea este Mati que se coje todo lo que tiene tetas.
Era el segundo colegio al que yo asistía. Había hecho el jardín y hasta segundo grado en el colegio Norte, un privado más caro que el San Francisco. Mi madre optó por cambiarme cuando descubrió mi cuaderno de clases. En donde habrían debido aparecer sumas simples y oraciones unimembres, se lucía mi prematuro costado artístico con una serie de garabatos incomprensibles y algunos dibujos de mujeres desnudas, más gordas y menos cínicas que las de Botero. Sinceramente, no recuerdo haberlos hecho, pero eso es lo que me contó mi vieja siempre que le pregunté por qué me cambió.
De aquel primer colegio tengo recuerdos obtusos. Principalmente, el de un compañero del que me había hecho amigo, Emanuel, y no porque fuera en particular llamativo, más bien porque tenía una casa con forma de castillo que a mí me transportaba al mundo del “Super Mario Bros”. Ah, los videojuegos...
Con ellos siempre tuve delay. Cuando todos tenían el Sega, yo recién arrancaba con el “Contra” en el Family. Cuando mis amigos pasaban a la Super Nintendo, yo conseguía el “International Superstar Soccer Deluxe” para Sega. Cuando “La leyenda de Zelda: la trifuerza de las diosas” penetraba mi Super Nintendo, la gloriosa Play Station divertía a mis cercanos. De todas formas, no puedo quejarme. Y sé que no tiene nada que ver con nada de lo que vengo contando, pero me siento obligado por la nostalgia a recordar esas consolas cuyos juegos venían en forma de “cartuchos”. La Play Station fue maravillosa, el “Winning eleven” sirvió de excusa para juntarnos los pibes noches enteras; pero también tuvo una consecuencia que se me antoja triste: nunca fue lo mismo soplar la superficie brillosa de un CD que hacerlo en la parte inferior de los cartuchos para que el aparato los leyera. Me acusarán de exagerado, pero creo que esa pequeña modificación de hábito les quitó a muchos la ilusión de que el mundo podía ser un poco más lindo, que uno podía sentirse un técnico con sólo un soplido. Un bffff con perlitas de saliva —que limpiábamos en nuestras remeras— era un pase mágico y suficiente de lo obsoleto a lo animado. Nótese cuán afectados quedamos los que pertenecemos a la Generación Cartucho que es posible reconocernos por un sencillo acto: cuando un CD no nos funca, lo soplamos. Lo mismo hacemos aún hacia el interior del equipo. Si eso no sirve, no hacemos otra cosa que complejizar esa experiencia: limpiamos la superficie del disco con aliento y un trapito o la embarramos con pasta dentífrica para soldar las rayaduras y que el láser no salte.
Estaba de vacaciones cuando mi madre me preguntó si prefería el colegio Prado o el San Francisco. Tenía 7 años, pero fui inteligente al elegir de los dos el que abría ese mismo año. La ecuación era simple: colegio nuevo, nadie se conocerá, no me sentiré un bicho raro.
El San Francisco era un colegio atípico. Montado sobre la que fuera una casa quinta, las aulas eran habitaciones del edificio central no siempre acondicionadas para el caso. Aún había cuadritos con flores en los pasillos, la escalera tenía un viejo alfombrado bordó y las sillas y mesas de madera eran antiquísimas. Osvaldo, otrora cuidador de la quinta, hacía de portero, y era tan cariñoso que nos preparaba té para tomar mientras estudiábamos. Venía con sus lentes grandes y gruesos, calvo, alto, grandote, y una bandejita con flores estampadas que por entonces veíamos sin la sorna que tendríamos años después, en la cruel ebullición de prejuicios adolescentes de familia bien. A él ni se le cruzaba por la cabeza el chiste fácil: siempre traía esa misma bandejita floreada, con tacitas de variados tamaños, colores y tipos, todas con el hilito y el cuadradito de papel colgando.
El patio era increíble. Tenía una pileta cercada con alambre a la que siempre nos acercábamos para ver cojer a los sapos y nadar a los renacuajos. También vimos víboras y unas pequeñas lagartijas. El terreno era amplio y tenía mucha vegetación. En el centro había una canchita de fútbol, con sus dos arcos. Alrededor de ella, los eucaliptos regalaban sombra todo el año, por eso usábamos guantes en invierno aunque estuviéramos jugando al fútbol o al softball.
Particularmente, siempre evoco un árbol. No recuerdo si en tercero o cuarto grado, los alumnos vimos en su tronco la cara de un cerdo y desde entonces lo llamamos el Árbol Chancho. Cada vez que organizábamos unas escondidas, el Árbol Chancho era la base. Cada vez que un compañero le deslizaba una notita amorosa a una compañera, la invitaba a reunirse con él en el Árbol Chancho, punto ge para todas las chanchadas.
Por correlato, en un colegio atípico la enseñanza era atípica. Las maestras siempre proponían juegos combinados con consignas educativas. Por ejemplo, una generala remixada con ejercicios matemáticos o un Twister que incluía definiciones de anatomía. No siempre pero con frecuencia la calidez era la nota.
Era imposible no encariñarse con la seño que tocara en suerte, acaso calcos de la maestra buena que tiene la Matilda de Roald Dahl. A mí me tocó —sin pedofilia— Susana, una mujer que por entonces yo veía alta, de guardapolvo blanco almidonado, rulos teñidos de castaño opaco y arrugas tan profundas que parecían anteceder el propio rostro. Susana —trillado nombre de las infancias— tenía la certeza de que algún día sería yo un gran poeta porque en ese entonces escribía muchos poemas, en los que abusaba de los sustantivos “chicharras”, “ombúes” y “enredaderas”, y de los adjetivos “ocre” y “feliz”. Cuando terminé tercer grado, me pidió quedarse con mis cuadernos y se los regalé, por eso no tengo ninguna de las composiciones que hice en ese tiempo.
Como ya conté, Mati arrancó en el San Francisco en quinto, cuando la privatización neoliberal de todos los ámbitos de la vida de los argentinos ya tenía consecuencias visibles sobre los espacios. En medio del predio de ese colegio de aspecto antiguo, se levantó un nuevo aula, una sala prefabricada blanca, púdica, con luces frías y escritorios grises. La sala fue pudriéndose a la par del país y tuvieron que quitarla como al uno a uno financiero. Allí fuimos a parar ese año doce alumnos, de los que seis estábamos desde el comienzo del colegio.
De maestro nos tocó Lugones. No recuerdo su nombre, todos lo llamaban por su apellido. Fue de esos profesores que casi todos tienen al menos una vez, de los poco ortodoxos. Lugones tocaba la canción de La pantera rosa en su teclado, también otras que nos hacía adivinar, y en un tiempo en que Internet era privilegio de pocos (el resto no entendíamos bien qué era y hasta le temíamos), nos llevaba fotos de fantasmas. Delante de ese apellido castrense, había un rostro ecuménico. Su piel no era blanca, pero tampoco morena; sus anteojos no lo dotaban de solvencia tanto menos que de fácil tacto; su altura no prodigaba superioridad sino una torpeza amable, como la de un Frankenstein bonachón; y si bien se vestía como un alumno aplicado de Harvard, también tenía un toque de progresismo: un reloj de pulsera cuyas manecillas eran las manitos de Mafalda. Lugones introdujo a la clase en el mundo de la literatura cuando yo ya lo había visitado alguna que otra vez. Él me demostró, sin embargo, el poder de una buena historia. No podría decir si Mi planta de naranja lima, del brasileño José Mauro de Vasconcelos, es un libro bien o mal escrito, si tiene méritos académicos en la frivolidad de los que piensan las letras. El cariño es tajante. Porque su historia nos hizo llorar como cachorritos durante la semana que duró la lectura en clase. Las murras al pequeño Zezé y la trágica muerte del Portuga quedarán grabadas en mi memoria por siempre.
Los padres de Mati habían llegado al San Francisco bajo recomendación de la directora de su anterior colegio, luego de que el pequeño de nueve años intentara comprar en el quiosco con un billete de cien pesos.
—Deme caramelos y un Jorgito.
—¿De dónde sacaste esta plata? No puedo venderte, papi.
—¿Por qué? ¿No alcanza? Mañana te traigo más, yo sé dónde lo guardan.
La directora, que fue anoticiada por el quiosquero y luego avisó a los padres de Mati, explicaba que las formas recreativas del San Francisco le servirían a su hijo a dirigir su atención a los dominios del saber. Ello finalmente ocurrió, pero la transformación nunca fue definitiva. Hubo, en realidad, otro hecho que modificó la matriz de Mati. Y ocurrió cuando ya estábamos en noveno.
Era otoño, con todo lo que el otoño tiene de dulce y de amargo. Mati vivía en el Ferroviario, un barrio de Longchamps, en un chalet de dos pisos que compartía con sus padres y su hermano mayor. La casa estaba siempre ordenada y tenía algo (tal vez el exceso de algarrobo, los tonos anaranjados de las cortinas y la salamandra) que la hacía como un nido. Tenía apenas patio: un rectángulo cubierto de pasto en el fondo y siempre cagado por Bronco, junto a un cuartito en el que guardaban un lavarropas y las bicis de la familia. El padre de Mati era gerente en una empresa que elaboraba menús para comedores de fábricas. Un par de veces lo vi haciendo malabares en una hoja de cálculos para cubrir con pocos pesos y requisito de variedad los almuerzos de muchos obreros. La madre era profesora particular de piano. El suyo era de cola, negro, y estaba en el living comedor de la casa. Teníamos prohibido tocarlo.
Lugones, que permaneció con nosotros intermitentemente hasta noveno grado, nos había pedido que hiciéramos de periodistas y escribiéramos un artículo sobre alguna problemática local. Sin consultarlo previamente, Mati se decidió por la prostitución. Claro, su curiosidad era hormonal, sincera, porque para él siquiera se presentaba como un problema. Hacía rato que preguntaba como al pasar cómo sería cojer, con un poco de vergüenza. Fue Beti quien lo introdujo al mundo de los placeres carnales sin la culpa recurrente. Mati escudaba esas experiencias tántricas con la investigación “antropológica” que el cumplimiento de la tarea requería.
—Querrás decir “biológica”, si tanto te la pasás chupándole la concha —lo jodía el Pitu.
Mati no hacía caso a las burlas. Lo suyo con Beti era un amanecer interior, que se manifestaría de yapa en su vida exterior. La peluda entrepierna de la bella prostituta de 39 años era un vertedero en el que Mati depositaba toda su energía, y tan exhausto quedaba que ya no le quedaban ganas de dar vueltas con la bici por el mástil o arrojar cascotes a la pileta del San Francisco. Y Beti no sólo lo hizo madurar sino que le trasladó sus excentricidades en tres años de lujuriosos encuentros.
Según el informe que Mati le entregó a Lugones, y que éste elogió con reparos para no escandalizar a las autoridades del colegio, Beti había nacido en Corrientes, hija de un peón de campo y una mucama que fallecieron en un accidente de autos antes de que ella cumpliera cinco años. Huérfana, pasó a la tutela de su tío Charly, que regenteaba un prostíbulo en la Ciudad de Buenos Aires en tiempos de dictadura militar. Beti creció allí, en la doble clandestinidad que toda zona roja tenía en esa época y al filo de un operativo paramilitar. Para que su negocio no tuviera problemas, Charly invitaba a los policías de la zona una vuelta semanal gratuita a su calesita de tetas y colas. Sin embargo, no fue Charly el responsable directo de que Beti buscara los billetes entre las sábanas. Mientras vivió, y esto fue hasta que Beti cumplió los dieciocho, el tío le ofreció todas las posibilidades que cualquier padre responsable le hubiera dado: educación, comida y esparcimientos varios. En realidad, Beti se hizo prostituta luego de ser gobernanta del boliche que heredó de su tío y que quebró casi diez años después, en época de “corralito”. Con veintinueve años llegó a Longchamps, al humilde barrio Rayo de Sol, y lo único que pensó hacer —a pesar de su terciario en relaciones públicas, o en uso de él— fue alquilar su cuerpo. No le generaba demasiado drama: lo grotesco de la prostitución había sido inoculado de su mente por la constancia de tantos años en un burdel y era tan irrefrenable su deseo sexual que cojer por dinero era matar dos pajas de un tiro de leche.
A fuerza de su belleza, Beti se hizo de una cantera de clientes enorme, tanto que se dio siempre el privilegio de elegir con quiénes sí y con quiénes no revolcarse. La Beti joven y sumisa los prefirió viejos, canosos y un poco gorditos; la Beti madura optó por los más jóvenes para hacer uso de su instinto maternal. Mati le vino como anillo al dedo y, años más tarde, fue receptor del gusto por la carne fresca.
Una vez, casi un año después de comenzar sus encuentros con la prostituta, él me admitió que estaba enamorado, y eso le pasaría infinidad de veces con otras putas. Me queda la duda de si ella también, pero según supe, tuvieron una despedida memorable. “Era tiempo de crecer, de separarnos”, dice Mati cada vez que la recuerda, como si estuviera en la escena final de una película rosa.
También me contó que una noche, teniendo sexo con Beti, a ella comenzó a arderle la vagina. Entonces Mati quitó su pene, lo sopló, le sopló también la concha y así siguieron cojiendo, como si nada.
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7 comentarios:
Oh, plenitud hormonal.
¿La tuya, la de Mati o la de ambos?
Jajajaja. Hablaba de la de Mati. ¡No hablo de mi vida personal, gordo!,jajajaja.
hey te descubrí hoy por la web, llegué hasta acá porque se me termina el horario laboral, cuando citás en el cap anterior a ignatius me hace acordar tu relato al otro libro de toole, la biblia de neón no se si lo ubicás
pd: yo tengo un blog/novela de ciencia ficción.
http://mercurio-sosa.blogspot.com.ar/
fijate si te gusta.
Mercurio, claro que lo ubico. El gran Toole es uno de mis autores favoritos. Paso a responderte por tu blog. Gracias.
Uff, en tu blog no tengo dónde dejar comentario. En fin, si querés dejá un mail (el mío es garifacundo@gmail.com) y te respondo con más detalle sobre tu novela. Salud!
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