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El sueño de los pibes

Cuando era pibe y jugaba al fútbol con mis amigos en la plaza del barrio, entre cascotes y árboles, cada tanto tiraba alguno un lujo y los demás lo piropeábamos con el nombre de Maradona.

Pegaditas, recuerdo charlas con los mismos u otros amigos en las que lamentábamos la escasa chance de que hubiera otro con esa clase de habilidad.

Y ahora estás vos, Messi.

No te comparo con él en perfomances, como suele hacer el periodismo y buena parte de la hinchada. Ya muchos hablaron de la diferencia de temperamentos entre ustedes también. Son dos tipos distintos, está claro. Te comparo en lo emotivo y personal. Vos sos quien de pibe soñé ser, Messi. Sos quien varios soñamos ser cuando nos soñamos con tanta fuerza —de la que sólo tienen los niños cuando sueñan— superhéroes del deporte más lindo del mundo. Sos el sueño hecho realidad. Seguro haya algunos otros allí, perdidos a las pantallas, que la muevan como vos o, quién te dice, mejor. Pero de los futbolistas profesionales, vos estás ahí condensando todos esos sueños —ilusos, en algún punto egoístas, en otro generosos, pero recontra puros—, esos sueños de niños que éramos y que en algún lugar dentro nuestro todavía somos.

Me costaría explicarle a quien no lo haya sentido cuán secretamente difícil es el momento en el que te das cuenta que ya no tenés edad para que un club te “descubra”. Todos nosotros, los que jugamos en las plazas y los baldíos, lo soñamos, algunos íntimamente, otros a viva voz. Los pataduras y los genios ignotos, todos los apasionados. Y el tiempo hijo de puta pasa y quizás porque no eras tan bueno o tal vez porque te faltó un empujón hacia esa prueba de tal club cerca de tu casa, el sueño va quedando trunco. Verte jugar, Messi, es ver que al menos uno de esos tantos pibes, uno de nosotros, lo logró.

Seguro esté exagerando, pero no puedo no ser así cuando recuerdo esa plaza de Longchamps en la que jugamos tantas finales del mundo. Yo te veo y me veo y veo a los pibes del barrio tirando un caño y diciendo:

—¿Quién sos? ¿Maradona?

Porque hasta entonces el único nuestro con superpoderes era él, y era del pasado cercano, pero del pasado al fin; y nosotros vivíamos el presente y queríamos hacerle un gol de chilena al futuro.

Después crecimos mirando jugadores de piernas robustas y gambeta mezquina. Destellos en algunos otros como nosotros que querían hacerlo y hacerlo hermoso, pero una mayoría robótica y combativa.

Después crecimos y nos fuimos quedando cada vez con menos superhéroes.

Por eso te banco a morir. Porque banco a morir mi sueño, nuestro sueño, nuestro pequeño e idiota sueño: hacerlo y hacerlo hermoso. Porque banco a morir el pibito iluso y apasionado por la pelota que fui, ese que salía aunque lloviera a ver quién se copaba a un picado más en la plaza, ese que se dormía con alguna camiseta puesta, alguna camiseta trucha ligada en una Navidad ajustada, para chivarla hasta del otro lado de la conciencia. Te banco a morir en contra de quienes prefieren un mundo de lata y cemento.

Seguí gambeateando, Messi. Seguí jugando como hasta ahora. Que en tu pecho van nuestros anhelos. Que en tu dorsal veo las camisetas gastadas con las que jugábamos. Que tus piernas son las de los niños que fuimos y llevamos adentro. Seguí cumpliendo tu sueño y el nuestro. Quiero decirle al hijo/sobrino/nieto que algún día tendré:

—¿Quién sos? ¿Messi?

Y por haberte visto. Por haberte vivido.

Por favor, Messi. Gracias, Messi.

* Por Facundo Gari. Escrito el 14.07.14 (ignoren la fecha del posteo).

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