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DOS: LA VIDA ES UN CUT-UP


Mi madre nunca me trajo el desayuno a la cama. Okey, okey, esto sí es moco de pavo, pero a mí me llamaba la atención. Al menos hasta los diez no me di cuenta de esa falta de demostración de afecto. Mati, que cumplía años, llegó contento al colegio con un juguete que emulaba el lanzarrayos de Los Cazafantasmas. Estaba buenísimo: al apretar el gatillo, el aparato hacía menear un chorizo verde de un material parecido al de los Flota-Flota cual rayo de protones. Éramos fanáticos de Los Cazafantasmas y hasta nos teníamos asignados los personajes: yo era Peter Vekman. Mati era Pegajoso. Lo recuerdo y me dan ganas de ver la peli.
  Enseguida, pasó a detallar su espléndido amanecer: cómo los padres lo habían sorprendido con un desayuno especial, torta incluida; cómo lo habían abrazado; cómo le habían cantado el feliz cumpleaños; cómo le habían dado sus regalos. No olvidemos que Mati era un pibe particular y no le avergonzaba admitir su costado almidonado. Le han dicho “gay”. Ahora es un pedófilo empedernido.
  De su descripción me impresionó el tema del desayuno en la cama. ¡Canejo! ¡Diantres! ¡Recórcholis! ¿En la cama? ¿Comer en la cama? ¿Comer en la cama en ese mismísimo momento en el que los músculos tienen la modorra del reposo nocturno, en la que los ojos reciben la luz como cachetazo de mano en detergente? Hasta ese momento desconocía absolutamente la movilidad de los platos: siempre había desayunado, almorzado, merendado y cenado sobre la mesa. Con una década encima, y la cuestión duraría al menos un año más, nunca había comido en la cama, siquiera en un picnic. Posta. Siempre en la desvencijada mesa de casa. Incluso estando enfermo mi vieja me pegaba un grito para que me arrimase a la cocina.
  La impresión me ahondó mucho más una tarde en la que el Pitu llevó al colegio una Rolling Stone de su hermana. En la tapa se veía a John Lennon desnudo, acurrucado sobre el cuerpo de Yoko Ono. El brazo del cantante le servía de marco a la cara simiesca de su esposa, que recibía un beso. Abrimos la revista y vimos más fotos: mis amigos se centraron en los desnudos, ninguno más que yo notó las camas. Entonces comencé a reflexionar sobre la importancia de ese mueble que se utiliza mayormente para dormir. En la última hoja de mi cuaderno Gloria de tapa anaranjada escribí los pensamientos que deambulaban por mi cabeza. No sé dónde quedó ese apunte, pero si tuviera que reproducirlos con las meditaciones precedentes, lo haría así:
  # Duermo en una cama. Mis amigos duermen en una cama. Salvo Rosa, todos duermen en una cama en mi ciudad. Cama como fuente de energía.
  # Rosa dormiría en una cama si pudiera pagarla y meterla debajo del andén. Cama como manifiesto de status quo.
  # Cuando nací, seguramente mi madre estaba en una cama. Y seguramente, también, unas enfermeras me pusieron a dormir en otra.
  # John Lennon y Yoko Ono realizaron un pedido de paz desde una cama. Revisar concepto de burguesía.
  # Las personas tienen sexo en camas. Por lo tanto, la mayor parte de la población debe haber sido concebida en una cama. Y al nacer, irá a parar a una cama, en manos de unas enfermeras. Tristeza. Geometría.
  # La televisión no es importante sino la cama desde la que se la mira.
  # En la cama se lee. Julia, la hermana mayor del Pitu, se acuesta con Franz Kafka. Un asco.
  # Cuando uno se enferma, guarda reposo en la cama. Cama como tupper.
  # Los ataúdes son camas con paredes y techo. El cementerio es un complejo habitacional. Averiguar: ¿qué fue primero: la cama o el ataúd?
  # En la cama, sueño. Proyección. Del Chango Móvil a la bomba atómica.
  El Chango Móvil fue una epifanía.
  Además de los amigos del colegio, tenía los del barrio. Eran amigos de fútbol, básicamente. Sólo con Francisco compartía otro placer: la literatura. Era el hermano menor de Oqui, y luego estaban Feli, el Gordo y Tincho. Ninguno era del mismo colegio, por lo que el alejamiento de los compañeros de la escolaridad que acaece durante las vacaciones de verano, tan largas y relajadas en aquellos tiempos, hacía nuestros encuentros muy frecuentes.
  De lunes a sábados arrancábamos a las nueve y media en la plaza. Pan y queso, tres contra tres, a veinticuatro goles (uno por hora del día) bajo un sol que le otorgaba bronceado incluso a las paredes blancas recién pintadas. La parte de la plaza en la que teníamos armada la canchita tenía el piso seco, de tierra que levantaba polvoreada al mínimo zapateo. Cada tanto asomaba un escombro de vaya uno a saber qué construcción habría allí antaño. La mitad del campo de juego estaba marcada por el tronco de un pino, cuyas ramas más bajas descendían hasta el centro del potrero; le proporcionaban sombra al cinco, le acariciaban el ascenso al central y golpeaban al habilidoso que girase repentino.
  En enero el sol era cancerígeno. En los diarios decían que el agujero de la capa de ozono nos pasaba sobre los marotes. Lo comprobamos: un mediodía pegamos con cinta adhesiva un caracol al asfalto y se derritió ante nuestros ojos. El fuego era tan poderoso que nadie se atrevía a sacar un dedo fuera de la circunferencia de la sombra de la copa de un árbol, al que nos abrazábamos para que nos pasara boca a boca ese oxígeno de fotosíntesis acelerada.
  Ningún ser humano coherente salía de su casa hasta las cinco de la tarde. Al menos no sin antes empaparse de pe a pa. Y si había que mojarse para salvar la piel, mejor hacerlo con justicia social. Así empezamos con las bombuchas. Se las tirábamos a quien pasara por la cuadra de Oqui y Fran, que servía de base militar para nuestro ejército hidroespacial. Algunos se calentaban al recibir la afronta de nuestro comboy. Otros la tomaban de buena manera, hasta se refrescaban con el agua que les prodigábamos. Éramos sus Robin Hood. Pim pum pam. ¡Splash!
  A decir verdad, no siempre había agua dentro de las municiones: lavandina, mugre y meo eran ingredientes secretos de ese ántrax casero que diseminábamos por el barrio con una careta de Momo puesta.
  Pronto, el objetivo cambió. Una tarde plomiza conocimos a la Deportada.
  Estábamos aburridísimos. Bombuchas y pistolas de agua en mano, no había a quién ajusticiar. De tan desesperados, nos tiramos un par entre nosotros. En eso pasó ella: una rubia despampanante que siempre habíamos visto con lasciva, una de esas leonas que sólo ves en películas porno alemanas. La tipa era grande, de unos treinta y largos, tenía el pelo rubio, teñido y muy corto, usaba casi siempre calzas porque casi siempre estaba corriendo o caminando rápido, por deporte, no como los idiotas que andan como si tuvieran el culo roto por una urgencia que es el tiempo que corre para todos. Nuestros radares la detectaron y nos escondimos los seis huevones detrás del tronco de un árbol que no guardaba la silueta ni de uno: tanto nos apretamos para no pasar la vergüenza de que esa mujer descubriera a estos niños con bombitas de plástico en las manos. Pero la mina frenó para atarse los cordones y apuntó su escote hacia nosotros. Una eme de McDonald’s a la inversa, marche combo de tetas con papas y Coca grandes. Nosotros, seis jetas sin hornear, con la sonrisa y la pornografía de Ronald.
  Fran se hamacó detrás del tronco del árbol y, de un zarpazo, salió del escondite. No lo hizo a propósito, fue del entusiasmo. Con dos bombitas en la mano, no supo qué hacer más que amenazarla.
  —No, no me mojes que tengo los documentos.
  —Con eso puesto, dónde los tenés.
  —Los tengo agarrados con la calza.
  —A ver, mostramelos.
  —No puedo, tengo que bajármela para sacarlos.
  —Si te los pide un cana, ¿te la bajás, entonces?
  —¡De verdad! ¡Me vas a arruinar los documentos!
  —Mostramelos o te tiro.
  —No puedo.
  —Y bueno... ¡Hasta la vista, baby! —y en ese entonces la frase de Terminator tenía onda.
  Libre de pecado (porque era virgen), Fran arrojó la primera bombucha. Ahí salimos todos, por inercia. La empapamos. Quedó enojadísima, pero qué delicia ver su remera mojada, al cuerpo. Nunca peló los documentos. Y por la expulsión de agua y plastiquitos que le sentenciamos se transformó en la Deportada. 
  El entusiasmo que nos produjo ver sus tetas húmedas fue tanto que por varias semanas, hasta que se agotó el carnaval y llegaron las primeras noches frescas, nos apostamos en la puerta de su casa. No tuvimos oportunidad de volver a mojarla. Dos veces pasó como si nada, de manera alevosa, por la puerta, resoplándole una sonrisita a su macho estilo bulldog secretamente dirigida a nosotros. Mucha bronca momentánea. Mucha paja posterior.
  Una noche de ese verano soñé que armaba un tanque tira bombuchas, con pistolas de agua y protección anti contraataque, a partir de un changuito de supermercado y un sistema de poleas que desembocaba en los pedales. Lo bauticé el Chango Móvil. Hice las ilustraciones, a los pibes les encantaron, pero jamás las concretamos. En cambio, nos pusimos a pulir con el cepillo de un cortafierro nuestras bicicletas: les sacamos la pintura vieja y las pintamos con aerosoles cromados. Yo no tenía bici, así que me conseguí una afanada por unos pocos pesos. Una inglesa. Quedó roja.
  Lo maravilloso fue haber ideado el Chango Móvil en sueños. De ahí, la importancia con la que estigmaticé a la cama. De ahí que quisiera experimentar en ella, pulsión que bastante más tarde retomaría, obviamente, con el sexo. La inocencia me valga, el desayuno era un buen primer paso. Pensé que tal vez mi madre también fuera huérfana de desayunos en la cama, así que para dar el puntapié inicial, me levanté temprano y le preparé un café, tostadas con mermelada de uva y jugo de naranja exprimido. Y le adosé un dibujo que hice con lápices de colores. Ella y yo sonreímos, delante de una casa con dos puertas y un gato en la ventana. Nunca tuvimos mascota.
  Ése es uno de los pocos recuerdos cálidos que guardo de la relación con mi madre. Aceptó el desayuno a gusto y me convidó una tostada. Hablamos mal del peluquero y del almacenero, y nos reímos. Fue un lindo rato. Jamás me hizo la devolución de gentileza. Al cabo de seis meses, indignado, me preparé un desayuno y me lo llevé yo mismo a la cama. Lo disfruté mucho pero no me pareció gran cosa.
  Recordé la anécdota familiar del cumpleaños de Mati, la tapa de John Lennon y Yoko Ono, y, con nostalgia, los insultos compartidos a Don Pepe y Raúl a apenas unos metros de donde estaba, en la puerta de enfrente. No era en verdad la cama lo que me intrigaba.



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4 comentarios:

Unknown dijo...

QUÉ LINDO. ME GUSTA ESTA HISTORIA!, ME CAUSÓ GRACIA EL CONCEPTO DE "CAMA COMO TUPPER" Y ESO DE LOS QUE CAMINAN COMO SI TUVIESEN EL CULO ROTO. ESA GENTE ME CAUSA MUCHA GRACIA A TAL MEDIDA QUE ME QUITAN LA FUERZA DE TANTO REIRME Y TENGO QUE DEJAR DE TROTAR.
TE LEO PRONTO...ESPERO.

Facundo Gari dijo...

Eras vos la que te reías al verme pasar, eh.
Gracias, Lau.

Yasmina dijo...

Buenísimos los pensamientos de la última hoja del cuaderno Gloria.

Facundo Gari dijo...

Lástima que lo perdió, si no te lo regalaba.

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