Hace poco, compré una libretita de tapa azul y una lapicera de tinta gel negra para tomar nota de mis ocurrencias durante los eternos viajes desde Longchamps a Núñez, donde trabajo. Siempre me pasó eso de tejer tramas en un supermercado o aquello de derivar una teoría cualquiera, ponele mientras repaso camino a un parcial, en el contexto idóneo para un relato apocalíptico (decime si la “revolución proletaria” no tiene tintes de Mad Max). Pasa que nunca tuve la costumbre de tener a mano algo para anotar, costumbre muy de mujer, que en sus carteras, las más al menos, llevan de todo. Mi bolso tiene un libro, las llaves y la billetera. Cuando curso en la facultad, a veces no llevo ni lapicera. Y nunca dejo el cuaderno en casa. En fin, te decía: compré la libretita porque venía sucediéndome, cada vez con más frecuencia, encontrar inspiración en los sitios más incómodos para plasmarla en un papel. Me refiero a las musas de las que no tienen estribos, que se ponen a descubrir pistas para un cuento de detectives o a delinear reflexiones metaguáchicas; de esas que además incluyen recuerdos, anécdotas, observaciones y garabatos, un raid incomprensible de afirmaciones, exclamaciones y, sobre todo, preguntas. Preguntas que en el fondo son la enorme máscara de una sola, la gran incógnita de mi vida, la que me obsesiona desde que tomé conciencia de mis manos, de mis manos que tocaron mi nariz, de mis ojos que vieron mis piernas y mis pies, los dedos de mis pies moverse dentro de unas zapatillas Topper de lona. Nadie sospecha que, cuando por ejemplo pregunto de qué sabor prefiere su helado, en verdad pregunto otra cosa. El interrogante es, en apariencia, simplón, pero tratá de sopesarlo como si fueras un sommelier de la abstracción. Si estás solo, mejor. Y si te animás a pronunciarlo en voz alta, me achancho. Espero que estés listo. Acá va: ¿por qué soy? Mejor: ¿POR QUÉ SOY?
“¿Tanta alharaca por ese pedo corto?”, pensarás. Ni más ni menos. Desde pequeño me pregunto por qué carajos soy, por qué soy quien soy y por qué me engaña esta conciencia, que me susurra que es eterna, que está desde el comienzo, aunque a la vez me tienda en la soga de la mente, frente a los ojos para que vea bien, los estropajos de la ciencia (has visto morir) y la historia (está catalogado). Ahí está la clave de que la muerte nos aterrorice: ella (y no por el género de la palabra, sino porque prefiero contentarme con que es mujer y no el Tío Lucas guadaña en mano) es el sello rojo que dice un impúdico DENEGADO sobre nuestro pasaporte a la Eternidad, un documento que hasta entonces en la intimidad sentíamos inclaudicable. Imaginá que sostenés ese pasaporte durante toda la fila que es la vida. Pensá que hace mucho calor, que podrías estar en la pileta tomando una cerveza fría junto a gente querida. Hacé el esfuerzo de verte allí parado, junto a una parva de otros seres humanos, esperando paciente y optimista. Aunque te parezca que no, sos un iluso que cree que ya habrá tiempo para el amor, la birra y el chapuzón. Es inevitable. De eso se valen las religiones.
La pregunta que me atormenta siempre vuelve, ya sea en las formas “precarias” de una charla de fútbol con un compañero de laburo o en las más “complejas” introspecciones en que me sumerjo cuando viajo en subte. Allí, el 30 de diciembre de 2011 a las 19.07 escribí en mi libretita un pequeño texto que termina contando que todos miran sus celulares: “Desde afuera, verlos resulta seductor, da la impresión de que están observando algo maravilloso, algo que no podían esperar a ver luego, pero es sólo una pantallita luminosa con algunas letras y algunos colores, algo muy aburrido cuando lo tenés entre tus manos”. Pero es lo que relato antes lo que tiene que ver con la pregunta de mi desvelo. El párrafo que sigue la cruza tangencialmente: el “por qué soy” incluye en su extensa bibliografía la incapacidad ineludible de ser el que se pregunta por qué. Dice así:
Anteúltimo día de 2011. Vengo de brindar en la oficina. Había dos sombreros de Papá Noel, pan dulce, sidra, mucha sidra, y remeras con las marcas de esas sidras. Tengo una en mi mochila. Una negra que me va a quedar grande, lo sé. Durante el brindis, uno de los gorritos de Papá Noel fue a parar a mi cabeza. Ensayé un gesto para la cámara. Lo curioso es que al observar la imagen resultante, no vi la cara que hice, que pensé que hice. Eso me suele pasar. El monstruo que siento en la cara nunca sale en la foto. Triste, permanezco tan humano que los bichos más feos, intermedio entre lo reconocible y lo recóndito, se me ríen. Hago muecas, saco la lengua, levanto el mentón, exhibo los dientes como una hiena, y sólo estoy siendo un insulto de lo que creo en ese instante que soy. Pongo cara de nube, de sifón o de tren, pero siempre me encuentro conmigo haciendo los gestos de un idiota.
“¿Tanta alharaca por ese pedo corto?”, pensarás. Ni más ni menos. Desde pequeño me pregunto por qué carajos soy, por qué soy quien soy y por qué me engaña esta conciencia, que me susurra que es eterna, que está desde el comienzo, aunque a la vez me tienda en la soga de la mente, frente a los ojos para que vea bien, los estropajos de la ciencia (has visto morir) y la historia (está catalogado). Ahí está la clave de que la muerte nos aterrorice: ella (y no por el género de la palabra, sino porque prefiero contentarme con que es mujer y no el Tío Lucas guadaña en mano) es el sello rojo que dice un impúdico DENEGADO sobre nuestro pasaporte a la Eternidad, un documento que hasta entonces en la intimidad sentíamos inclaudicable. Imaginá que sostenés ese pasaporte durante toda la fila que es la vida. Pensá que hace mucho calor, que podrías estar en la pileta tomando una cerveza fría junto a gente querida. Hacé el esfuerzo de verte allí parado, junto a una parva de otros seres humanos, esperando paciente y optimista. Aunque te parezca que no, sos un iluso que cree que ya habrá tiempo para el amor, la birra y el chapuzón. Es inevitable. De eso se valen las religiones.
La pregunta que me atormenta siempre vuelve, ya sea en las formas “precarias” de una charla de fútbol con un compañero de laburo o en las más “complejas” introspecciones en que me sumerjo cuando viajo en subte. Allí, el 30 de diciembre de 2011 a las 19.07 escribí en mi libretita un pequeño texto que termina contando que todos miran sus celulares: “Desde afuera, verlos resulta seductor, da la impresión de que están observando algo maravilloso, algo que no podían esperar a ver luego, pero es sólo una pantallita luminosa con algunas letras y algunos colores, algo muy aburrido cuando lo tenés entre tus manos”. Pero es lo que relato antes lo que tiene que ver con la pregunta de mi desvelo. El párrafo que sigue la cruza tangencialmente: el “por qué soy” incluye en su extensa bibliografía la incapacidad ineludible de ser el que se pregunta por qué. Dice así:
Anteúltimo día de 2011. Vengo de brindar en la oficina. Había dos sombreros de Papá Noel, pan dulce, sidra, mucha sidra, y remeras con las marcas de esas sidras. Tengo una en mi mochila. Una negra que me va a quedar grande, lo sé. Durante el brindis, uno de los gorritos de Papá Noel fue a parar a mi cabeza. Ensayé un gesto para la cámara. Lo curioso es que al observar la imagen resultante, no vi la cara que hice, que pensé que hice. Eso me suele pasar. El monstruo que siento en la cara nunca sale en la foto. Triste, permanezco tan humano que los bichos más feos, intermedio entre lo reconocible y lo recóndito, se me ríen. Hago muecas, saco la lengua, levanto el mentón, exhibo los dientes como una hiena, y sólo estoy siendo un insulto de lo que creo en ese instante que soy. Pongo cara de nube, de sifón o de tren, pero siempre me encuentro conmigo haciendo los gestos de un idiota.
2 comentarios:
A menudo sucede que no se quién soy. En realidad está eso que creo que soy pero no sé si es tan así. A veces mirarse al espejo hace que uno dude de quién o porqué es en realidad. Es raro.
En el espejo son (al menos) dos quienes dudan.
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