Este calor me tiene podrida... ¿Hablo acá? ¿Está grabando? Qué cosa chiquita. ¿Cuánto guarda? ¿Tanto? ¿Y se puede escuchar? Qué maravilla. Yo no entiendo nada de eso. A tu edad, yo ayudaba a mamá a bordar sábanas. Vivíamos en Lanús, en la zona pobre. Papá, que en paz descanse, trabajaba para la municipalidad, ponía la brea en los caminos, se quemaba todas las manos, o cambiaba las lamparitas de los palos de luz, viste, alto, los días de lluvia... Nos daba un miedo que le pase algo. Nunca nos faltó nada, siempre tuvimos todo lo que necesitamos. Eso sí, hacíamos caca en un pozo, en un cuartito de madera en el fondo de casa. Los días de humedad la madera del cuartito se hinchaba tanto que no veías nada, porque no teníamos luz ahí. Esas veces teníamos que llevar velas al baño aunque fuera de día. Pero no nos podíamos quejar. Otra gente la pasaba peor. Irma, viste, la abuela de Sergio, vivía cerca de casa. No éramos amigas, vecinas, nos conocíamos. Ella tenía el pozo para cagar ahí nomás, al lado de la cama, pobrecita.
Una vez, yo era muy chica, me tiré del techo con un paraguas abierto. ¿Podés creer? Abrí el paraguas así, miré para abajo, a ver si no pasaba el gato, y salté. Quería volar como esa, la niñera, Mari Popin. ¡El golpe que me di! No me quebré de casualidá, mirá. ¡Pero cuando me agarró papá! Ahí tampoco me quebré de casualidá. Después me pasaba las tardes trepando árboles. Yo era diestra para esas cosas. Comía frutas de los árboles.
Vivíamos bien, sí. Nunca pasamos hambre. Comíamos todo casero, todo lo hacía mamá, viste, todo del día, ella dele que dele, y a veces comíamos poco, pero nunca pasamos hambre lo que se dice hambre. Como toda familia, tuvimos épocas malas y mejores. Ellos se querían mucho y nosotras los queríamos a ellos. Y eso es importante. Eso es lo tenés que tener siempre muy presente. El amor de una familia es lo más hermoso. Y se hace todos los días.
Cuando lo conocí a tu abuelo tenía creo que quince, dieciséis años. Muy joven era, ahora que la veo a Mili me doy más cuenta, pero así se estilaba, ¿no? Él venía y yo siempre le tenía un postre preparado, porque vos viste lo que le gustan las cosas dulces. Es el único vicio que tiene. Y ahora que es celíaco tiene que fijarse qué come, pobre, pero dentro de todo se arregla porque chocolate tiene permitido. Merengue. Dulce de leche. Bueno, yo siempre le tenía un postre casero y preparaba té y dejaba todo prolijo prolijito que él llegaba de trabajar, porque él empezó a trabajar de muy joven. Acuñaba monedas en Casa de Moneda. Ahí se jubiló, viste. Ahora todos cambian de trabajo cada dos por tres, pero antes era uno solo, salvo que te mandaras alguna.
Y bueno, nos casamos, tuvimos dos hijos, tu mamá y tu tío, hicimos la casa, con los ahorros. Mamá nos tejió a mano los acolchados esos de colores, ¿sabés cuáles? Bueno, esos los hizo ella, y nos regaló también unos manteles. Nos casamos por iglesia católica apostólica romana y bautizamos a tu mamá y a tu tío. Tu mamá nació con ataques de epilepsia. Los tuvo hasta los trece. Mirá, el trece de febrero de 1947 tu mamá tuvo su último ataque de epilepsia. Me acuerdo porque me lo dije la copa. El juego ese de la copa, sí, o qué, pensabas que tu abuela no hacía esas cosas que hacen ahora los jóvenes. Igual yo lo hice de grande. Resulta que nos juntamos las cuatro hermanas a cenar, viste, y después de comer creo que Matilde propuso jugar y, bueno, jugamos. A mí me da un poco de miedo todo eso de los espíritus, pero no sé, la cuestión es que jugué, me convencieron. Y entonces me tocó preguntar y yo dije si mi hija iba a dejar de tener ataques de epilepsia, y la copa dijo sí. Ahí pregunté cuándo y la copa escribió trece-defrebrero-demil-novecientos-cuarentaysiete. Y ese día tu mamá tuvo su última epilepsia. Fue una alegría.
Tuvimos una vida tranquila, todos, alegre. Mamá y papá fallecieron, papá te trajo caramelos hasta que falleció, ¿vos te acordás? Sí, te acordás. Los domingos, ¡qué domingos! La familia reunida a la mesa larga, los ravioles, los panqueques. Hacía panqueques y ponía chocolate, banana, dulce de leche, merengue, fruta, galletitas, nueces, todo, de todo. Y todos comían que mamita. Después vinieron las peleas y cada vez fuimos menos hasta que acá estamos, comiendo arroz con tu abuelo. Pero así es la vida. Tengo dos hijos y cinco nietos hermosos. Bueno, ¿ya está? ¿Lo apagaste?
A mi obelina
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