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Yo quería ser un galán


No recuerdo bien cuántos años tenía. Los de la infancia se me entremezclan. Andaría por los ocho, nueve, porque sé que usaba el mameluco que mi abuela nos había hecho a mis dos hermanos y a mí para dormir. Eran pijamas que parecían trajes de astronauta, una pieza de tela beige y rombitos bordó con cierre de la ingle al cuello, que era ideal para hacer eso que hacíamos al regresar del colegio: cerrar la puerta plegadiza del pasillo, cuyo otro extremo estaba cercado por una escalera de algarrobo, y utilizar ese rectángulo como espacio lúdico para arrastrarnos si era una guerra en la jungla o patinar para una versión inédita de Disney On Ice junto a unas primas lejanas.
  Por entonces mi vieja era ama de casa. Mi viejo tenía una buena posición en el Mercado Central y ella se podía dar el gusto de quedarse en casa, con nosotros. Estábamos económicamente tan bien que —ahora parece un recuerdo de otra vida, muy poco parecida a la que tuve luego, cuando mi viejo pasó de gerente a remisero— ella tomaba clases de gimnasia en el living de casa con unas amigas y una profesora particular. Yo participaba en esas clases: seguía la rutina entre sillones esperando que la profe indicara que era momento de hacer mi ejercicio favorito, la bicicleta. El goce no era hacer la pirueta en sí, sino hacerla junto con mi madre, sus amigas y la profe, verlas hacer el ridículo como si les hubiese sido permitido salirse de la armadura de adulto por un rato, como si el mundo se hubiese deschavetado y la norma fuese andar pataleando al cielo como gustan los niños, con un cuerpo menos apto, más torpe.
  Cada tanto, a mi vieja le agarran reveses en sus gustos musicales, aunque generalmente ande por el palo de la música melódica empalagosa. Tenía pocos discos, de los cuales recuerdo uno de Ricardo Montaner, un par de Sergio Denis y otro de Sandro. Lo tortuoso de mi vieja es que de cada disco, de cada artista (sobre todo ahora que usa la computadora), por una temporada que dura entre dos y tres semanas, se enamora de una canción y la repite hasta que escuchar sus primeros cinco segundos resulta vomitivo. Hace unos meses, mientras aún compartíamos vivienda, la elegida era “All for love”, de Bryan Adams, que de tanto oírla mis hermanos y yo no podemos dejar de evocar a Los Tres Mosqueteros.
  Una noche de invierno, ella llegó a casa con un disco nuevo. Era el último de Luis Miguel. No sé cómo se llama, pero es el que tiene “Por debajo de la mesa”. Precisamente esa fue la canción que mi madre reprodujo una y otra vez. De la misma forma que las cajetillas de cigarrillos advierten que “fumar es perjudicial para la salud”, ciertos álbumes deberían alertar a sus compradores que se trata de un lavado de cerebro para personas con microcefalitis aguda, de manera que quienes lleguen a la góndola de la disquería en la que reposan, se los lleven sin importarles, incapaces de leer un carajo, sólo hipnotizados por una narcótica cara bien masculina pero de rasgos delicados, que parece estar diciendo “soy sensible y a la vez acabaría en tus tetas” o “esta noche dejá, cocino yo”.
  Ojo, a mi vieja la quiero como Pappo a la suya. Dentro de todo, no nos mató, Luismi tiene su encanto. Mi psicología sería mucho más vulnerable en la actualidad si me hubiera tocado Axel. No quiero ni imaginarme qué resultados hubiera dado mi examen preocupacional de haberme fumado “Amo” (largo una puteada entre divertida y penosa) en un maratón de plays sin respiro.
  La cuestión es que “Por debajo de la mesa” caló hondo en mi niñez. Salvando las distancias, es lo que le sucede al pibito de El niño con el pijama de rayas, que cree que papá soldado del nazismo es un héroe porque esa es la imagen que transmite su universo doméstico. Nuestros padres tienen la posta hasta que, un buen día, dejan de tenerla, al menos en algunas cosas; es el encantador desencanto que produce la aparición de la realidad. Entonces me creí tanto el arquetipo de galán que atraía a mi madre —tan alejado, sin embargo, de lo que era mi padre— que quise ser Luis Miguel. A falta de rodilla para acariciar, usé a mi hermana como pareja de baile en unas coreografías caseras que cada tanto presentaba ante el auditorio compuesto por mi madre y mi abuela, en el mismo living de las bicicletas, con el portorriqueño entonando de fondo. Y no sólo hacía el playback de las letras, sino que componía la jeta del disco con gomina y sonreía con plenitud para mostrar orgulloso la abertura de las paletas de mi dentadura. El mameluco me servía de comodín para la pilcha que habría querido tener puesta. Llegué a pensar que era verdaderamente parecido a él, no tanto en su aspecto sino en su porte, incluso en la voz.
  No sé si les pasará igual a todos los hombres, es difícil saberlo porque es difícil vulnerar los prejuicios, pero por lo que pude recabar, por acá anda: algunos saben desde pequeños que su deseo sexual está en un otro del mismo género biológico y no tardan en saberse homosexuales. En cambio, los heterosexuales, aunque nos sintamos atraídos por el sexo opuesto, en algún punto de nuestra adolescencia —más temprano o más tarde también— nos preguntamos íntimamente qué onda. Esa reflexión es a veces tortuosa, otras liberadora, dependiendo de nuestra “historia cognoscitiva”. Si por los días en que danzaba y canturreaba canciones de latinos enamorados no me sentí atraído por un compañero de clase, y aún seguí gustando de la misma niña del barrio, es que mi destino no era ser gay. Aclaro que la vinculación entre homosexualidad y uso de hits melosos es producto de varias anécdotas que he escuchado a y leído de homosexuales sobre sus incipientes gustos musicales y que, en rigor, no considero que estos determinen las preferencias sexuales de nadie, al menos no en menor medida que otras infinitas circunstancias.
  El tiempo pasó, mi madre se encajetó con otras canciones y olvidé por completo mi ahínco por transformarme en un latin lover con sábanas de Ico, el caballito valiente. Otra noche de otro invierno, ella se puso a escuchar canciones de Sui Generis y yo quise ser hippie, pero esa es otra historia. Ahora sólo pienso en D'artagnan.

3 comentarios:

leo orellana dijo...

Yo quiero leer la historia de cuando quisiste ser hippie :)

Lulu dijo...

todos queremos leer la historia de cuando quisiste ser hippie!

Facundo Gari dijo...

Avanti, esta semana sale y les pego el link abajo de este mismo comentario. :)

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