El primer dolor en el pecho lo tuve hace dos semanas. Ese sí fue fuerte. Caminaba con Sol por las callecitas de Catalinas cuando, de repente, zacate, una burbuja de aire tomó el camino incorrecto y por la estrechez de los conductos se volvió una filosa daga. Al parecer, una puntada común y corriente. Eso me diagnosticó ella, que es bastante obsesiva en lo que concierne a la salud. Le creí y le eché tierra al asunto.
Hasta el viernes pasado. Al salir del laburo, me junté con unos amigos a comer un asado para cerrar el año. Cerveza, fernet, bondiola, quesito, todo junto al estómago. Al llegar a casa, a eso de las 4, me senté en la compu y mientras revisaba mi correo electrónico percibí un malestar en el pecho, en el lugar del pecho en que supongo que está mi corazón. Es que tengo una idea bastante remota de mis entrañas. Sé perfectamente dónde está mi brazo izquierdo, dónde comienza y dónde termina, pero si me preguntan de qué lado está el apéndice, dudo. A veces considero tatuarme en el pecho todo el sistema de órganos que llevo dentro, no sea caso que los extraterrestres que me secuestren escarben en el sitio equivocado en busca de mi cerebro.
El dolor de esa noche no fue prolongado, no le di oportunidad de serlo: me tiré en la cama y caí en un sueño profundo. Aún no le daba demasiada bola al asunto. Suponía que tenía que ver con la desmesurada ingesta de embutidos.
Sábado y domingo los pasé sin pena ni gloria, pero el lunes en el trabajo los cosquilleos volvieron. Fueron apenas unos pocos, pero bastaron para ponerme en alarma. El malestar continuó en el tren. Me senté en el piso de un vagón lleno y las señoras que me rodeaban mascullaron todo el viaje improperios sobre mi aparente desfachatez. “Todos apretados y éste que no se levanta”, observó una. “Patealo, vas a ver que sí”, propuso otra. Al final no lo hizo. No respondí nada porque no me sentía bien.
Al llegar a casa, hice algunos llamados telefónicos y me predispuse a acostarme temprano. Un compañero de trabajo había comentado que algo parecido le había ocurrido hacía un tiempo y se había debido al stress. Googleé mis síntomas y en varias Preguntas Yahoo! decía lo mismo. Así que opté por pensar que debía ser eso, que el cansancio me jugaba una mala pasada. Es más fácil intentar convencerte de que estás cansado que alarmarte por un infarto inminente. Lo que sucede, sin embargo, es que aunque uno se repita una y mil veces que se trata de un malestar pasajero, secretamente tiene un cagazo terrible, y, también secretamente, hace todo cual si fuera la última vez. Secretamente se despide de los suyos, secretamente considera redactar un testamento y dejarlo como fondo de pantalla en su PC para que cualquiera lo encuentre, secretamente se lamenta de que sea ésa la última vez que verá su orina colorear el agua del inodoro.
Si la causa de mis ataques en el pecho era el stress, estaba obligado a descansar, a acostarme temprano, pero temía que al dormir mi corazón dejase de latir por siempre. En el hiato entre la tranquilidad y el pánico, dos hombrecitos sostenían la siguiente discusión:
—Déjelo en paz, que se vaya a dormir de una vez por todas, el pobre, que no da más, está muerto de cansancio.
—Muerto va a estar si se va a dormir. ¿No se da cuenta de que todos sus síntomas son los de un preinfarto?
—¿Y cómo sabe eso, el señorito? Creí que había estudiado periodismo, no medicina ventricular...
—Pero de eso se da cuenta incluso un marmota, si hasta tiene temblores en el brazo izquierdo. Además, ¿de qué está cansado? ¿De estar todo el día frente a una computadora? Déjese de jorobar, que hay personas que se ganan la vida cavando zanjas.
—¡Pero lo que usted dice es atroz! ¿Los oficinistas, los periodistas, las amas de casa y los expendedores de boletos no tienen derecho al cansancio y la enfermedad? Usted mismo, que se la pasa chistando, ha pasado por momentos de flojera.
—¿Me llama usted flojo? ¡Ya le mostraré lo flojo que soy cuando me cruzo con cobardes como usted!
—¡Venga nomás, explotador mequetrefe!
Mientras ellos se peleaban, opté por dormir, con la promesa de que si aún sentía malestar por la mañana, me haría ver. Así fue: a las 7 temblaron mi despertador y mi pecho. Avisé al trabajo y fui a una guardia, donde me atendió una doctora que de buenas a primeras me dijo que existía la chance de que ya hubiera tenido un pequeño infarto y que lo que sentía fueran reacciones posteriores.
—¡Se lo advertí, cobarde!
Claro que para cerciorarse me envió a realizar los estudios pertinentes: un electrocardiograma y una radiografía de tórax. Me llevaron poco más de dos horas. En la sala en la que me realizaron el electro, me recibió una señora petiza, corte carré y pelo teñido a castaño. Me hizo levantar las mangas de mis jeans, descubrir mi pecho y recostarme en una camilla, para luego retirarse por unos minutos. Es medio choto que te dejen pausado en bolas en un consultorio. El del electro era de nueve metros cuadrados: una pared la ocupaba la camilla, otra el aparato para realizar la faena y otra la puerta y unas ventanas al pasillo, que estaban tapadas y hacían la habitación un poco oscura. En la cuarta pared había un escritorio con gasas, frascos y carpetas.
En eso de sostenerme la remera como si fuera una vedet mostrando las tetas y con los pantalones arremangados hasta las rodillas estaba cuando entraron una doctora y un doctor e hicieron como que buscaban unos papeles. Agarraron unos cualquiera, creo que eran folletos de pizzería, y se fueron. Primero me sentí muy incómodo, pero luego, al darme cuenta de que tal vez les había cagado el rapidito, me reí pensando que lo había hecho a lo guapo: mostrándoles la carne, cosa que ellos no pudieron hacer.
Con la tirita de dibujos de pulsaciones, fui a radiología. Había fila para anunciarse y era larga. Saqué número y me puse a esperar. Al cabo de un rato, un hombre en la fila empezó a gritar: “¡Pero basta de boludear, che. ¿Te creés que no te veo boludeando? —le largó al pibe que atendía la ventanilla–. Primero el celular, ahora la revistita... ¡Hace media hora que estoy acá parado!”. El pibe se levantó y quiso mostrarle un papel, ofreciéndolo como prueba de que lo que leía era pertinente, pero el tipo se negó, volvió a la fila y allí se quedó refunfuñando. En ese momento sentí las uñas del Joven Manos de Tijera una vez más.
La encargada de la radiografía era una mujer con rasgos asiáticos. En general, me pareció una de esas clínicas de series yankees, con personal médico de variada procedencia y credo, toda exótica, en la que el papel de guardia de seguridad queda para un negro o un extranjero “no deseado”. La radióloga fue simpática y respetuosa. Me tomó la radiografía sin siquiera hacerme levantar la remera.
Minutos después, la doctora revisaba el material y me tranquilizaba. El problema ya no eran las resacas de un pequeño infarto sino el consabido stress, devenido en contractura muscular.
—¡Ja! ¡Viejo zorro nomás!
Me recetó analgésicos y reposo, y con ese diagnóstico regresé a casa, pensando en cuánto somos capaces de dejar en manos de otras personas por mandato. Y en cuán frágil y caprichosa es la vida. Y en que puedo perder una pierna y seguir adelante, pero no puedo perder un corazón. Y en que mis más de 70 kilos penden de un músculo de 270 gramos que no tendrá reposo hasta que muera. Y en que la muerte se produce cuando el corazón se duerme por el tiempo que ya laburó y que para cuando intenta despertarse es tan tarde que no quedan más que huesos. Y en que se duerme como yo lo haré esta noche, pensando que mañana —en 8 horas u 80 años— volverá a despertar.
Pero lo que más me sacudió en ese regreso a casa fue la oportuna aparición de una frase en el paisaje urbano. No es la primera vez que me pasa y supongo que la apofenia debe ser corriente. En esta ocasión, al detenerse el remis en que volvía en un semáforo, quedó frente a mi mirada, por la ventanilla, una enorme publicidad de una marca de zapatillas. La frase central me resultó entre árida y conmovedora. Decía: “El corazón manda”. Pensé en un dictador. Luego me pregunté a dónde.
El dolor de esa noche no fue prolongado, no le di oportunidad de serlo: me tiré en la cama y caí en un sueño profundo. Aún no le daba demasiada bola al asunto. Suponía que tenía que ver con la desmesurada ingesta de embutidos.
Sábado y domingo los pasé sin pena ni gloria, pero el lunes en el trabajo los cosquilleos volvieron. Fueron apenas unos pocos, pero bastaron para ponerme en alarma. El malestar continuó en el tren. Me senté en el piso de un vagón lleno y las señoras que me rodeaban mascullaron todo el viaje improperios sobre mi aparente desfachatez. “Todos apretados y éste que no se levanta”, observó una. “Patealo, vas a ver que sí”, propuso otra. Al final no lo hizo. No respondí nada porque no me sentía bien.
Al llegar a casa, hice algunos llamados telefónicos y me predispuse a acostarme temprano. Un compañero de trabajo había comentado que algo parecido le había ocurrido hacía un tiempo y se había debido al stress. Googleé mis síntomas y en varias Preguntas Yahoo! decía lo mismo. Así que opté por pensar que debía ser eso, que el cansancio me jugaba una mala pasada. Es más fácil intentar convencerte de que estás cansado que alarmarte por un infarto inminente. Lo que sucede, sin embargo, es que aunque uno se repita una y mil veces que se trata de un malestar pasajero, secretamente tiene un cagazo terrible, y, también secretamente, hace todo cual si fuera la última vez. Secretamente se despide de los suyos, secretamente considera redactar un testamento y dejarlo como fondo de pantalla en su PC para que cualquiera lo encuentre, secretamente se lamenta de que sea ésa la última vez que verá su orina colorear el agua del inodoro.
Si la causa de mis ataques en el pecho era el stress, estaba obligado a descansar, a acostarme temprano, pero temía que al dormir mi corazón dejase de latir por siempre. En el hiato entre la tranquilidad y el pánico, dos hombrecitos sostenían la siguiente discusión:
—Déjelo en paz, que se vaya a dormir de una vez por todas, el pobre, que no da más, está muerto de cansancio.
—Muerto va a estar si se va a dormir. ¿No se da cuenta de que todos sus síntomas son los de un preinfarto?
—¿Y cómo sabe eso, el señorito? Creí que había estudiado periodismo, no medicina ventricular...
—Pero de eso se da cuenta incluso un marmota, si hasta tiene temblores en el brazo izquierdo. Además, ¿de qué está cansado? ¿De estar todo el día frente a una computadora? Déjese de jorobar, que hay personas que se ganan la vida cavando zanjas.
—¡Pero lo que usted dice es atroz! ¿Los oficinistas, los periodistas, las amas de casa y los expendedores de boletos no tienen derecho al cansancio y la enfermedad? Usted mismo, que se la pasa chistando, ha pasado por momentos de flojera.
—¿Me llama usted flojo? ¡Ya le mostraré lo flojo que soy cuando me cruzo con cobardes como usted!
—¡Venga nomás, explotador mequetrefe!
Mientras ellos se peleaban, opté por dormir, con la promesa de que si aún sentía malestar por la mañana, me haría ver. Así fue: a las 7 temblaron mi despertador y mi pecho. Avisé al trabajo y fui a una guardia, donde me atendió una doctora que de buenas a primeras me dijo que existía la chance de que ya hubiera tenido un pequeño infarto y que lo que sentía fueran reacciones posteriores.
—¡Se lo advertí, cobarde!
Claro que para cerciorarse me envió a realizar los estudios pertinentes: un electrocardiograma y una radiografía de tórax. Me llevaron poco más de dos horas. En la sala en la que me realizaron el electro, me recibió una señora petiza, corte carré y pelo teñido a castaño. Me hizo levantar las mangas de mis jeans, descubrir mi pecho y recostarme en una camilla, para luego retirarse por unos minutos. Es medio choto que te dejen pausado en bolas en un consultorio. El del electro era de nueve metros cuadrados: una pared la ocupaba la camilla, otra el aparato para realizar la faena y otra la puerta y unas ventanas al pasillo, que estaban tapadas y hacían la habitación un poco oscura. En la cuarta pared había un escritorio con gasas, frascos y carpetas.
En eso de sostenerme la remera como si fuera una vedet mostrando las tetas y con los pantalones arremangados hasta las rodillas estaba cuando entraron una doctora y un doctor e hicieron como que buscaban unos papeles. Agarraron unos cualquiera, creo que eran folletos de pizzería, y se fueron. Primero me sentí muy incómodo, pero luego, al darme cuenta de que tal vez les había cagado el rapidito, me reí pensando que lo había hecho a lo guapo: mostrándoles la carne, cosa que ellos no pudieron hacer.
Con la tirita de dibujos de pulsaciones, fui a radiología. Había fila para anunciarse y era larga. Saqué número y me puse a esperar. Al cabo de un rato, un hombre en la fila empezó a gritar: “¡Pero basta de boludear, che. ¿Te creés que no te veo boludeando? —le largó al pibe que atendía la ventanilla–. Primero el celular, ahora la revistita... ¡Hace media hora que estoy acá parado!”. El pibe se levantó y quiso mostrarle un papel, ofreciéndolo como prueba de que lo que leía era pertinente, pero el tipo se negó, volvió a la fila y allí se quedó refunfuñando. En ese momento sentí las uñas del Joven Manos de Tijera una vez más.
La encargada de la radiografía era una mujer con rasgos asiáticos. En general, me pareció una de esas clínicas de series yankees, con personal médico de variada procedencia y credo, toda exótica, en la que el papel de guardia de seguridad queda para un negro o un extranjero “no deseado”. La radióloga fue simpática y respetuosa. Me tomó la radiografía sin siquiera hacerme levantar la remera.
Minutos después, la doctora revisaba el material y me tranquilizaba. El problema ya no eran las resacas de un pequeño infarto sino el consabido stress, devenido en contractura muscular.
—¡Ja! ¡Viejo zorro nomás!
Me recetó analgésicos y reposo, y con ese diagnóstico regresé a casa, pensando en cuánto somos capaces de dejar en manos de otras personas por mandato. Y en cuán frágil y caprichosa es la vida. Y en que puedo perder una pierna y seguir adelante, pero no puedo perder un corazón. Y en que mis más de 70 kilos penden de un músculo de 270 gramos que no tendrá reposo hasta que muera. Y en que la muerte se produce cuando el corazón se duerme por el tiempo que ya laburó y que para cuando intenta despertarse es tan tarde que no quedan más que huesos. Y en que se duerme como yo lo haré esta noche, pensando que mañana —en 8 horas u 80 años— volverá a despertar.
Pero lo que más me sacudió en ese regreso a casa fue la oportuna aparición de una frase en el paisaje urbano. No es la primera vez que me pasa y supongo que la apofenia debe ser corriente. En esta ocasión, al detenerse el remis en que volvía en un semáforo, quedó frente a mi mirada, por la ventanilla, una enorme publicidad de una marca de zapatillas. La frase central me resultó entre árida y conmovedora. Decía: “El corazón manda”. Pensé en un dictador. Luego me pregunté a dónde.
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