Repentinamente, Alejo tiene un ataque de ansiedad y rabia que lo hace reflexionar como un mandril, o como un mandril le queda el culo de tanto estar sentado reflexionando. Sabe que muchos perdones son superfluos y, como tales, meros gestos de quienes —pocos— agitaron sus manolas cuando él estaba cayendo. Pero, en su momento, no lo sospechó, sino que coronó cada uno de esos gestos con una sonrisa.
De tanto en tanto, Alejo intenta recomponer el mapa del “buen pibe”, pero siente que le faltan irremediables piezas. Consta, a su vez, de muchas otras nuevas que desbordan la silueta sexagonal que comprendía la circunferencia de su historia, formando ahora una incierta figura cuyo relieve insospechado la ha dotado de tercera dimensión. ¿Es un planeta?
Y porque las heridas no cierran y el caballito de la calesita te devuelve la oportunidad de quitarle de la mano al gordo el anillo una y otra vez; y porque todos olvidan y nadie también; y porque a veces la soledad es dulce y a veces salada; y porque todo es viceversa y hay tantos sentidos que, intentar explicar el primero resulta fatigoso; y porque no tiene ganas de repetir cual si fuera un aparato las sinrazones por las que explota o flota o canta; y porque el culo de mandril le sienta mejor que el corazón de hojalata, se calla.
Alejo, qué tristeza, considera que el diálogo no sirve para nada. No sin antes haberse lavado las orejas.
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