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La bola de cristal

Y sí, qué le vamos a hacer. La ciudad está rota desde que al torpe de Aníbal se le cayó la esfera de nieve en cámara lenta, mientras en cámara lenta caían los copos crispados de la esfera de vidrio de la ciudad del Aníbal de adentro. Aníbal tiene la culpa. Aníbal es un ratón famélico que se oculta cuando las salamandras arden. Aníbal es el nombre de la culpa. Es Aníbal, idiota. Aníbal. Idiota.
  Todo comenzó cuando cumplió los catorce. Su madre le regaló esa estúpida esfera con la ciudad entera adentro. Cada vez que Aníbal la zamarreaba, sin la prudencia requerida por el protocolar manejo de una civilización en ciernes, un terremoto de nieve sacudía el espeso aire del muñeco maliciosamente feliz. Al chiche nuevo lo sacudió, durante los primeros días, con la presteza de una hiena. Y luego lo abandonó al polvo de una repisa de su habitación oscura. El muñeco blanco siempre sonrió.
  Los años pasaron, hieráticos. Los habitantes de la ciudad vieron crecer por las ventanas de los edificios al gigante apocalíptico que era Aníbal. Ya llegó a los veintiuno. Ya, a los treinta y dos. Ah, mirá, ya tiene las canas de los cincuenta. Gigante Aníbal.
  Oh, cada vez que su mano amagaba con posarse sobre el cristal enmohecido. Oh, siempre que buscaba un libro junto al ojo de agua.
  Y un día se le cayó la bola de cristal. Idiota.
  Ese día, la violencia nevó.

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