Vomitar es horrible. No entiendo cómo puede haber personas que se meten los dedos en la garganta para forzarse a escupir todo lo ingerido. No entiendo, de verdad. Me dirán que la búsqueda de belleza blah blah, pero que se vayan a cagar. Las arcadas son violentas, el aire parece no querer entrar ni salir, todo en cámara lenta. Sentís que ahí viene, ácida, la sustancia que ya no es comida ni nada que se le parezca. Es vómito. Es una mezcla entre lo que comiste, tomaste y tus jugos intestinales, líquidos sulfurosos que liquidan tus amígdalas. Tras el primer envión, tu cuerpo se queda suspendido en el vértigo. Respirás para que no salga más. Pero va a salir más. Tiene que salir todo. A mí me salió todo.
Primero vomité humo. Todo el humo. Vomité todos los cigarrillos que fumé en mi puta vida. Vomitaba el humo y hasta sentía el sabor de las marcas que probé desde los 18 años. Estuve más de una semana largando humo, sin parar. Los mentolados me aliviaban, debo admitir. Lo peor fue devolver el smog de los que enrolé en Cuba, sin filtro y fuertes, carrasposos. El de los cigarrillos de mariahuana se escapó sin el efecto que me produjo consumirlos. El vómito se llevó también esa ilusa alegría.
Tras el humo llegaron los sólidos. Los líquidos quedaron para el final. El doctor me dijo que tiene su lógica: el cuerpo se desprende primero de lo último que puede incorporar. El recuento aquí se me hace tedioso. Imaginen en una mesa todo lo que comieron en treinta años. Imaginen vomitar todo eso. Lo que no recordaba era haber comido tantos combos de McDonald’s. La pizza también fue mucha. Varias comidas quedaron sin identificar: mazacotes de puré, arroz, galletitas, dulce de membrillo y aceitunas. Y una moneda que me había tragado.
Los líquidos. Los líquidos fueron espantosos. El líquido te ocupa toda la garganta, no deja resquicios de aire. Vomité hasta el agua del mar de la vez que casi me ahogo. Sentí el salado. Sentí a Mar del Tuyú como un monstruo saliéndose por mi boca.
Pensé que eso sería todo. No. Comencé a vomitar recuerdos. Salió mi viejo, ya fallecido; el olor a pan de la casa de mi abuela; la vez que le vi las tetas a la vecina que me cuidaba de pequeño. Vomité Mundo Marino. Todo. Besos, canciones, abrazos, piñas. Vomité sexo. ¿Se imaginan lo que es vomitar sexo?
Ya no daba a más. No podía seguir así. Con el último barquito de papel, vomité mi último recuerdo. Estaba exhausto, roído hasta la médula, podrido. No, todo menos podrido. Estaba purificado, como dicen los mogólicos que se meten los dedos en la garganta. Pero es cierto, me sentía puro. Hasta ahí. Pensé que ahí se acabaría, que podría recuperarme. Dos días estuve bien. Luego volvió a empezar.
Una noche vomité un riñón. La siguiente, un pulmón. Cuando salió el estómago, fui al doctor. Mi caso era rarísimo. Me dio dos horas de vida. Salió el hígado. Salió el escroto. Salió la lengua. Vomité todo. Todo se desprendió de mí, todo abandonó mi cuerpo, todo lo que estaba sobre el corazón. Cuando el corazón salió, roto por Yolanda, me sentí mejor. Tenía olor a bar de cerveza libre.
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