Pocas veces fui a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. La primera excusa es que me queda lejos. La segunda, que la primera es demasiado buena. La tercera es que cuando la visité por primera vez me di cuenta de que me habían engañado: no es más barata que las librerías. La cuarta excusa es, de nuevo, que la primera de demasiado buena.
Más allá de la desilusión está el reset. Lo que acabo de escribir no tiene nada que ver con lo que me senté a relatar. A veces me pasa que arranco una frase y se completa sola. Si me gusta, me da pena borrarla, como acá. Así que voy de vuelta.
Más allá de la desilusión... Ojo, no le reprocho nada a esta convención de editoriales; mi “desilusión” está fundamentada en que alguien me dijo alguna vez que la Feria del Libro es un outlet de páginas. El reproche es para ese alguien. Voy de vuelta. La tercera, dicen, es la perdedora.
Más allá de la desilusión, siempre guardaré el recuerdo del debut. Tenía unos 15 ó 26 años. Fui, de hecho, para comprar un manual de inglés más barato. Me dirigí al stand indicado en el mapita de ingreso y me enteré que el libro salía la misma cantidad de huevos que en las librerías en las que había averiguado antes: uno y medio.
Revisé las páginas del book (valió la pena) y me dispuse a comprarlo. Estaba parado sobre el alfombrado escarlata de un escalón. Como era bastante torpe, giré sin más y tiré a la mierda a un tipo trajeado. Su señora esposa se llevó una mano a la boca. Su hija no supo si reír o chequear la cadera del damnificado. Era canoso, y de la cana anciana.
Rápidamente, extendí mis disculpas y mi brazo. En ese orden: para evitar que se levantara con intenciones de golpearme y para levantarlo con intenciones de que no me golpease. Lo miré sin mirar. “Disculpe, justo giré y no quise, no lo vi, fue mi culpa (le estiraba la solapa del saco) es que justo iba a la caja a comprar este libro (miraba el libro; señalaba el sitio de dónde lo había tomado, luego el escalón escarlata; imitaba el giro) fue sin querer (levantaba la cabeza) y bueno... (caía en la cuenta) Usted es Cormillot.”
Lo peor fue que en lugar de darme la vuelta e irme, le pedí que me grabara un saludo para el programa de radio que por entonces hacía con unos amigos. El doc se copó y mandó saludos para todo el mundo al grabador que le puse en la jeta.
Luego me pasaría la tarde buscando parecidos entre la concurrencia, ejercicio para el que —sin alardear— soy un crack, en la acepción futbolera, claro. “Mirá: el Colorado Sava.” “Mirá: Jorge Hané.” “Mirá: John Cusack.” “Mirá: Frida Kahlo.” “Mirá: Eduardo de la Puente.” “Posta, mirá: Eduardo de la Puente.” “Che, es Eduardo de la Puente. Y por la cara, se dio cuenta del chiste; no lo tomó muy bien.” No me hice mucho problema. Igual de caradura, lo encaré para pedirle un autógrafo en una carta Magic de un amigo. “Buenísimo, ahora este ‘Mago entrometido’ vale una banda”, celebró el dueño nerdoso.
Nunca pudo sacarle un peso a la carta. Pero intuyo que en ese momento pensé que habíamos encontrado la manera de disminuir el gasto de los ejemplares caros que hubiéramos comprado, de ser esta descabellada teoría posible, año tras año en la lejana Feria del Libro.
Bonus cholulo: esa tarde también saludé a Gabriel Rolón.
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