No existo. No vivo, no soy. Sin embargo estoy aquí. No puedo demostrarlo. Tampoco sé desde cuándo ni por qué. En mi recuerdo más lejano Luna me acompaña. Y yo a ella.
(...)
La persiana es un colador de rayos de sol. Y la habitación en la que Luna duerme está llena de fideos. Yo no puedo dormir. No tengo ojos. Pero veo, y ella se ve tan hermosa cuando sus pómulos se relajan y su pelo entra en decadencia.
Luna tiene 28 años, es escritora. Trabaja en una librería. Vive en un pequeño departamento del barrio Viplastic, en Longchamps. En su cuarto sólo hay una cama y una mesita de luz. En “la piecita” tiene las cuatro paredes cercadas por libros y en el centro un perchero con vestidos. Tiene un gato siamés llamado Bizcocho y un canario que le regaló un novio. No me gusta que tenga novio. Por suerte, ahora está soltera.
Pasamos bastante tiempo juntos. Ella es popular pero solitaria. Se guarda a escribir o a leer. Pone un disco de los Beatles, si está medio triste de Sinatra, y se recuesta con un libro sobre el sillón que recicló tras adquirir en un compra-venta. Lo forró de violeta.
Es alta, tiene rulos, ojos celestes. A Bizcocho lo llama a veces su “bebé”, porque también él tiene ojos celestes. No comprendo aún qué modifica en la vista el color de ojos de quien los porta verdes, celestes o marrones. Una vez, Luna compró papel celofán rojo, y yo pude mirar a través de él. Supongo que los de ojos negros se llevan la peor parte.
Lo que más me gusta de la casa de Luna son sus cortinas. Son amarillas con flores rojas y naranjas. No: lo que más me gusta de la casa de Luna es Luna.
2 comentarios:
Me gustó mucho este texto, Facu. Eso. Salud!
Gracias, Cacho. :)
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