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De la empatía a la simpatía

Cuando Gran Hermano arrancó, allá por 2001, algunos pseudoanalistas --esos profesionales de varias disciplinas que no encuentran legitimación en sus campos y la buscan en la televisión-- vaticinaban el fin de la privacidad. Gran Hermano serviría como un enorme termómetro social, una caja de ratones en la que los protagonistas, tomados de la “vida real”, darían muestra de lo que en ese momento estaban pensando aquellos que miraban el programa.
  El análisis debe ser mucho más minucioso que lo que me permiten las hemorroides, pero valga tomar una de las aristas de esa calumnia: cada vez menos, los participantes de la casa “más famosa” del país fueron tomados de la “realidad”. A la inversa, son cada vez más “actores” (las comillas son para no faltarle el respeto a quienes ejercen esa profesión) los que entran a un juego cada vez menos parecido a lo que nos sucede en casa (¿qué vendría a ser de la realidad la “fulminante”?).
  Una de las anotaciones de este Gran Hermano 2011 desde que comenzó fue que todos los participantes son lindos y todos potenciales conductores de programas de trasnoche, potenciales vedettes, potenciales llorones de emisiones de chimentos. Ya no quedan hacia adentro de los especímenes que hubiera otrora, cuando Marcelo Corazza se llevaba el premio por su aparente humildad.
  La ley parece ser ahora la actuación, la farsa, el engaño, el dramatismo desmedido y banal. No extraña que en semejante contexto un tipo que gana al pool metiendo las bochas con la mano se autoproclame como “el más mejor” de la historia del reality. Y no extraña que Luz Ríos, la última eliminada, salga con los ojos llenos de lágrimas a decir que “el mejor regalo” que le dio GH fue que su padre le dijera que la ama. Parte almas.
  En cierta manera, Gran Hermano 2011 funciona ahora para la clase media como una de las formas en las que actúa Policías en acción. Es el desplazamiento de la empatía a la simpatía.

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