Federico Olavi dibujaba como el demonio: era muy malo. No obstante, le encantaba hacerlo y ejercía su afición a toda hora. Comía y dibujaba, se cepillaba el cabello rubio y dibujaba, defecaba y dibujaba, jugaba al ping pong y dibujaba. Y como era terrible en su arte, si retrataba una banana, le salía un garabato incomprensible. Él saludaba su imprecisión sin modestia: se creía mentor de una nueva y revolucionaria corriente artística: el garabatismo. Sucede que no tenía Internet...
A Koksintaplán le llegó uno de los dibujos del madrileño de treinta y dos años de casualidad (“Yubadú”, ríe, pues así ríen los duendes, Koksintaplán al leer la palabra “casualidad”). Una tarde cenicienta de agosto asomaba su sombrero de pana azul por una crisálida armada en el Monasterio de la Encarnación y un papel se le clavó en la punta. El papel llevaba la firma de Federico Olavi, pero como sus dibujos, era ilegible. De todas formas, los duendes no saben leer.
No fue difícil para Koksintaplán encontrar a Federico: nadie dibujaba tanto y peor que él. Cuando lo halló, le propuso ocupar el puesto vacante.
A veces, miramos el cielo y encontramos que una nube se parece a una banana.
1 comentario:
Esta bueno facu!!!
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