Si ha de ser norteamericano, habrá de llamarse John. Y para Manhattan, por su ascendencia dominicana, que la Ley de Reforma de la Inmigración Ilegal reconoció y --de paso-- deportó, le cabrá un Hernández.
John Hernández, pues: un metro sesenta y cuatro, flaco, moreno, uñas de topo, velocidad de chita y vista de halcón (nota de Halkanis, duende del sentido: analizar las zoomorfias). Fue visto por Koksintaplán en el terraplén de lo que luego fue un banco de bienes raíces. La construcción estaba a cargo de William Buster, un arquitecto gordito que andaba de aquí para allá mostrando su casco anaranjado: se creía un obrero a pesar de la crema facial.
Una tarde en la que el asfalto amortiguaba, por la cadencia de su piel, la velocidad de esos aparatos que escupen smog, derritiendo los neumáticos apenas puf puf puf, aminorando la marcha hasta de las zapatillas de los caminantes, Hernández tuvo que demostrar sus destrezas, en la hora semanal en la que los obreros manufacturaban proezas de Cirque du Soleil. Ya había pasado el bajito que se taladraba por el agujero de la nariz. Hernández propuso hacer malabares, que de eso sabía: su vida consistía en arrojar objetos al aire y sostener cierto equilibrio mientras la factura del teléfono flotaba sobre su cabeza, luego el salero, posteriormente un atado de cigarrillos. Pero no sólo eso: haría malavares con tres barras de hielo, las que usaban en la construcción para mantener los emparedados frescos.
Koksintaplán le ofreció el puesto tras observar cómo una de las barras se hacía añicos sobre el casco anaranjado de Buster, a quien increíblemente la crema facial le había hecho la piel impermeable.
No hay comentarios:
Publicar un comentario