Últimamente no logro ver el cartel del frente del tren al llegar a la estación, ése que intenta tranquilizar conciencias con la vetusta fórmula de una presunta certeza. Tengo que preguntar luego hacia dónde se dirige, no lo veo, me lo como. No es que la vista me falle, sino que me distraigo en otro asunto: pispiar por sobre un hombro que detrás de mí no haya nadie midiendo carrera para empujarme a la vías. Es paranoico, lo sé, pero no puedo evitarlo. Llega el tren y hasta flexiono las rodillas sobre la raya de seguridad para que el empujón no me agarre desprevenido y pueda oponerme a caer en tan temible licuadora humana. Un segundo después, el tren atraviesa la frontera del universo que es mi cuerpo. Y me produce alivio saber que tal vez muera al rato atropellado por el colectivo que me conduciría a casa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario