Una doncella atraviesa una muralla de ligustrina. Se rasga un poco el vestido blanco. Se lo sacude. Unos monos con casco marchan. Llevan banderas y estandartes rojos y negros. La doncella teme. Un mono la señala. El resto se percata de la intrusa. La amarran a un árbol. Pasan los días. Ellos la vigilan. Pasan más. Le dan de comer guisos. Por las noches sólo un mono hace guardia. Es siempre el mismo. Comienzan a hablar. Se hacen amigos. El mono y la doncella. Ella lo quiere. Él la quiere. Pronto se aman. El mono le habla de ciudades, rascacielos, subtes, teléfonos celulares, bancos de plaza y redes sociales. Ella le comenta que todo ello existe también en dónde vive. Pero ahora está amarrada a un árbol. Le cuenta que en su mundo los monos son animales. Y reflexiona luego que allí también. El mono se aflige. Quiere liberarla. Una noche lo hace. La desata. Ella lo besa. Le pregunta hacia dónde debe correr. No hay escapatoria, le contesta el mono. Pronto, desaparece, le exige luego. Es que vienen otros monos, de los malos. Ella mira a un lado y a otro y no encuentra guarida. Trepa entonces al árbol. Se alimenta de sus frutos. El mono deja de visitarla. Ella cree --y es certera-- que lo han ejecutado. Pasan los días, los meses, los años. Un día amarran a un hombre en el árbol. Se habían olvidado que ella habitaba entre las ramas. Lo desata. Él trepa. Hablan. Se cuentan sus historias. Se quieren. Se aman. Tienen hijos. Sus hijos tienen hijos. Los monos progresan. Atrapan a la doncella y al hombre y a sus hijos y nietos. Los meten en un zoológico. Animan las tardes de excursión escolar. La ligustrina ya no existe.
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