Este frío es siniestro,
metálico.
No hay nadie aquí,
y sin embargo se siente lleno.
Baja, el carpintero, del carrousel
y queda solo, la calesita desaparece.
Él y el cisne negro de madera,
tallado cuando respiró de fabricar camas y sarcófagos.
Camina y silba,
y todo es blanco,
es todo espacio,
no hay exotexto, no.
Se detiene y piensa.
Luego llora.
Y en el viaje, la lágrima se hace sólida por el frío,
frío que el carpintero no siente.
El cisne no tiene ojos,
es negro,
nada le dice.
Pero él camina y silba,
aunque haga un frío que no siente.
“Tendré que zurcir los versos”, reflexiona.
Y lo sacude un escalofrío.
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