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Esta canción ya se escribió

Para demostrar una de sus teorías, Luō mì ōu hizo lo que la tácita jurisprudencia de las ciencias biológicas desaprueba, al menos a la luz del día: utilizarse a sí mismo como conejillo de Indias antes de verificar la efectividad y potencialidad de la droga en rodajas de cerebro de sanguijuelas. Veinte años de obstinación y noches en vela le llevó al científico descubrir por qué se produce lo que se conoce como deja vú. En su informe del 16 de marzo de 1985, Luō mì ōu anotó: “La confluencia de factores externos a la conciencia humana produce, con el paso de los años, la ralentización de la percepción. Y esto, además de verificar la extrema necedad que implica la conceptualización del tiempo y su materialización en un artefacto de engranajes y manecillas, evidencia que la conciencia humana posee aptitudes superadoras del artilugio social, capaces de proyectarse y desvincularse del cuerpo orgánico. Cuando un individuo experimenta la sensación de revivir una coordenada espacio temporal precisa, no es sino una combinación de impulsos sintéticos que demuestran la resistencia del cerebro a deshacerse definitivamente del patrón que le fue legado desde la panza materna y que las formas sociales aplacan con la profundización de modelos de producción y consumo basados en la materialidad del yo y su entorno. Al contrario de lo que muchos consideran, quien experimenta un deja vú no contempla el futuro, sino que vive, quizás por última vez, uno de los tantos presentes. Del otro lado, los que no lo advierten están encerrados desde siempre en su unicidad aparente”. Así se lo explicó a sus discípulos, que lo tomaron por chiflado.

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