DIECISIETE: CÓDIGO MORSE INTERESTELAR


Fumanchu apagó su cigarrillo en un cenicero con forma de dado, sobre un escritorio de chapa verde. El haz de luz caía sobre él, de espaldas al neblinoso semicírculo de representantes de los supermercados chinos miembros de la Liga Faisán. Llevaba una bata azul de boxeador sobre su esquelético cuerpo, con ribetes dorados por lo bajo y en los puños, y el logo de la asociación —un faisán en un círculo de caracteres chinos amarillos— en la espalda; el mismo logo se desplegaba en un banderón azul detrás del escritorio. Su pelo de marfil brillaba bajo el crepuscular farol. No llevaba pantalones, sólo unos calzoncillos americanos con corazoncitos estampados.
  Con la mano que reposó el filtro machucado en el borde del cenicero, agarró una hoja del escritorio y comenzó a tomar lista, como una maestra. Sin darse la vuelta.
  —¿一树伊藤?
  —Plesente.
  —¿老子?
  —Plesente.
  —¿Lugones?
  —Presente.
  —¿马蒂亚斯?
  —Plesente.
  Nombró a los 34 con parsimonia electoral. Suspiró restos de humo, como lo haría la eternidad, a lo oriental, y luego marchó, de a pasitos, vidrioso, al otro lado del escritorio hasta sentarse en un sillón de cuero negro. Su rostro quedó bajo el manto de oscuridad, aunque podía vérsele un pelo nieve de noche.
  —El momento de la veldad se acelca —dijo, y volvió a suspirar; luego cambió la voz a sonido de motosierra—. Al leglesal a sus estaciones, pongan las muñecas... ¡en ofeltaaaaaaa!
  “Oooh” generalizado.
  —¿Qué muñecas? —le preguntó Mati a Lee, porque siempre hay un Lee, sentado a su derecha.
  —Las de polcelana.
  —Ah, esas muñecas de mierda. Las tengo en oferta desde que entraron. Vendí dos nomás, si son un espanto, una mezcla entre Chucky y El orfanato.
  —¿Dos? —atascó Fumanchu, furioso—. ¿Sólo dos?
  Mati se acomodó en la silla de plástico. Su cara era evidencia de la fiesta vulgar de la noche anterior: la gomina le chorreaba del pelo, desprolijamente hacia atrás; la camisa de geisha estaba arrugada, abotonada hasta el cogote, y tenía una mancha de café a la altura del corazón; sus ojos estaban rojos. El terror le sentaba insólitamente bien.
  —Dos... dos... Doscientas, jefe — eludió—. Está todo bajo control, todo tranca.
  Fumanchu sopló.
  —¿Doscientas? ¡No puede ser! —se persignó Lugones.
  —¡Claro que puede ser! Dos-cientas, profe —recalcó Mati, con gestito chupamedia.
  —¿Cuántas lleva vendidas usted, señol Lugones? —consultó Fumanchu.
  —Eh, yo... Eh... Cincuenta y tres...
  El jefe permaneció en silencio seis segundos: se pudieron escuchar clarito del reloj de pulsera de Mafalda. Luego dijo, bajito: “Ejecútenlo”.
  Lugones dejó caer su longevidad y se arrodilló de espaldas a la silla de plástico pidiendo clemencia en medio del estupor de los concurrentes, que creían que debían ser los que acribillaran al lungo docente. Fumanchu se puso de pie, aún detrás del escritorio.
  —¡Ejecútenlo! —gritó esta vez, y su esqueleto ceniciento pareció hincharse.
  Tres o cuatro chinos caretas se pusieron de pie, no sin deslizar una buena porción de saliva espinosa por el cogote. Para su sorpresa y posterior tranquilidad, el banderón azul detrás del escritorio se partió al medio. Pudo verse el destello de la espada del Ninja Púrpura, que con una ridícula explosión de fosforitos apareció al lado de Fumanchu, meneando la espada cual mono con navaja.
  Lugones —que lloriqueaba, moqueaba y babeaba como un neonato sin párpados, nariz y labios— levantó la mirada hacia su verdugo, del que sólo podían vérsele unos orgullosos ojos negros. Una seda ajustada le cubría todo lo demás del cuerpo y hay que decir que lo dejaba bastante mal parado porque era un gordito petacón.
  Con una habilidad impensada, el ninja pegó un brinco demencial, casi hasta el techo de cinc del silo industrial, y cayó a velocidad de trueno hasta ubicarse en cuclillas a un lado de Lugones, que quedó duro como monumento a la vergüenza. Una finísima raya de sangre se le dibujó en diagonal en el rostro al profesor. Se oyó un crujido asqueroso y la cabeza se partió. La mitad superior quedó boyando gargajos de cerebro. El ojo de esa mitad quedó punzando la gelatinosa yugular de Mati.
  “Oooh” generalizado.
  El cuerpo se desplomó hacia un costado y debajo creció un charco de sangre. El Ninja Púrpura pegó un segundo salto circense y se ubicó a la izquierda de su capataz, que reía, también, como la eternidad. Mati se quedó paralizado junto a la turba. Una lagrimita largó, pero se la restregó pronto.
  —Bien. Volvamos a lo nuestlo —ordenó Fumanchu. Y se sentó a la sombra.

En ese momento, María regresaba en sus muletas a la habitación. Juancito y el Pollo se habían quedado dormidos de un lado de la cama. Juancito le hacía cucharita al Pollo. Yo miraba una mancha de humedad en el techo, recostado en la otra mitad. Una mancha con la forma de la cabeza de Frank, el conejo de Donnie Darko. Pensaba en ella, esperaba su presencia de anís, cuando la puerta se abrió.
  —Perdoná, al final no fueron unos minutos —me dijo ni bien entró, con sus movimientos marítimos.
  Luego se sentó al borde de la cama. Le hice entender con un gesto que mis compañeros Elvis dormían. De ahí en más, susurramos.
  —No pasa nada. ¿Qué es eso del concierto de la mañana?
  —Una costumbre en la isla.
  —¿Una costumbre?
  —Es una historia larga.
  —Me gustan las historias largas tanto como escucharte hablar.
  Ella se sonrojó. Se recostó a mi lado.
  —Primero quisiera que me cuentes cómo llegaste acá.
  —Esa es otra historia larga. Pero primero las damas...
  —Bueno —concedió María, sonriente—. Todo arranca en 1933, cuando Hitler alcanza el poder en Alemania...
  —Ah, de verdad es una historia larga —dije haciéndome el langa, solamente para verla sonreír un poco más.
  —Yo te avisé... ¿Sigo?
  —Seguí.
  —Seis años después, los nazis invadirían Polonia y desatarían la Segunda Guerra Mundial. Alemania contaría por esos días con la tecnología militar más avanzada del universo: aviones reactores, bombarderos de precisión y misiles guiados; un cañón de viento, otro sónico, otro solar, un arma vórtice y una bomba endotérmica. Munición de ciencia ficción. En realidad, munición de otro planeta.
  María torció su cuerpo hacia la ventana. Encastré mi cuerpo al suyo.
  La cama devino postre a dos cucharas.

El 12 de febrero de 1933, el timorato Ahren Felleman era despertado por un llamado telefónico. Su mujer, envuelta la cabeza en ruleros y tapada hasta la coronilla en la cama, apenas gimió cuando su marido desarmó la cálida cucharita al retirar el brazo tatuado de su cadera de chucrut.
  No era frecuente que lo llamaran tan temprano, y sin embargo a Ahren no lo sobresaltó el ring del Siemens & Halske. La espera ajena justifica a veces lo imprevisible en la vida de uno, que le adjudica al instinto lo que es en rigor el aceitado funcionamiento de una red neurológica sideral.
  Del otro lado del tubo le hablaba una voz hierática. Solicitaba su presencia en Berlín. Se identificaba como subteniente de las SS. Eso fue cuanto pudo entender a las cinco y treinta y dos de la mañana, como comprobó al otear su reloj de pulsera al filo de un rayo de sol que venía de la persiana al candoroso parque de la casona rural de Altmarkkreis Salzwedel.
  Ahren Felleman tenía por entonces treinta y cuatro años. Estaba casado hacía dos con Natascha Wand, de treinta y seis. No tenían hijos. Vivían solos en el que fuera el hogar de la familia Wand. Ella era agricultora; él, astrónomo. Descendiente directo de aquellos científicos que llevaran sus ojos al cielo en el Círculo de Goseck, siete mil años antes, Ahren se desempeñaba en el Observatorio Alemán Gute Nacht, de la que provendrían la mayoría de los profesionales que formarían en 1964 la European Launcher Development Organisation. Cada noche, reptaba los cielos en busca de estrellas inhóspitas.
  Exactamente seis años antes del llamado que lo sentaría frente al mismísimo Hitler, Ahren había viajado a Viena con motivo de un simposio sobre agujeros negros. Pero el suyo le jugó una mala pasada: la combinación de salchichas y nervios le cayó mal y se pasó la apertura del encuentro en el baño de la sala de exposiciones del hotel Sacher Wien.
  Sentado al inodoro, conoció a un argentino apodado Tony. Nunca le vio la cara: la voz aparecía cuando Ahren apoyaba sus nalgas sobre la tabla, proveniente de un locker cercano. O de su propia cabeza, llegó a dudar.
  Tony era un esotérico, un místico, un tipo que creía en todo lo que la revista Conozca más y el canal Infinito darían años después por verdadero. Su voz huraña le dictó al alemán el Código Morse Interestelar, que anotó en un papel higiénico. Para su regreso a Altmarkkreis Salzwedel, Ahren había olvidado el asunto.
  Al principio, las indicaciones de Tony para contactar extraterrestres le despertaron curiosidad. Es que si con algo había soñado el Ahren adolescente al alistarse en la Universidad de Humboldt era descubrir, tras el rastro de un cometa, la nave espacial de una civilización distante. Pero esas fantasías habían cedido con el correr de los años a la más llana fascinación por el espacio, el animado por fenómenos fisicoquímicos. Tuvo que avenir una nueva descompostura para que recordara las indicaciones de Tony.
  Ahren iba en un micro hacia Renania, invitado por una firma petrolífera inglesa que aseguraba haber hallado un cráter en sus yacimientos, cuando sintió unas irrefrenables ganas de defecar. Por fortuna, ese micro era moderno y contaba con una letrina en el fondo. Sobre el último gas, sacó de su portafolio el pedazo de papel higiénico con las anotaciones y le pareció oír la voz de Tony repitiéndole la extraña oración que había elegido a modo de despedida: “El curioso incidente del perro al amanecer”. Cortó el pedazo del Código y lo guardó en su maletín. Sacó una birome, cortó un segundo pedazo y anotó las palabras del argentino. Alguien golpeó entonces a la puerta, otro tipo en emergencia estomacal. Apurado, guardó el papel restante, incluso el de la reciente inscripción, en su chaqueta de tweed.
  El viaje concluyó en frustración: el del yacimiento de Renania no era un cráter sino un simplón pozo provocado por el repentino movimiento del magma terrestre. A Ahren sólo le renovó las ganas de usar el excusado. No obstante, al final del día el presidente de la firma inglesa, George Haddon, le extendió en su oficina un generoso cheque. Algo de polvo se levantó con el movimiento de su brazo y comenzó a estornudar. Instintivamente, Ahren le extendió su papel higiénico, todo el que tenía en el bolsillo del saco marrón, y sin percatarse del desatino volvió a su casona. A Haddon le fue diagnosticado un tipo de alergia extraño. Se refugió en Northampton, con su familia, hasta sanar.
  No bien llegó, abrió su maletín y tomó el pedazo de papel higiénico con el Código Morse Interestelar que Tony le había dictado. Corrió hacia su habitación, tomó su linterna con colgante y le pidió a Natascha que lo acompañara a la terraza a hacer un experimento, que le explicó recién estando ellos recostados sobre la losa del primer piso.
  Siguiendo las instrucciones de Tony, Ahren ejecutó el lenguaje interplanetario con su linterna, pero nada ocurrió. Repitió tozudamente el ejercicio, sin éxito. Al tratarse de un astrónomo, no se dejaba llevar, como Natascha, por los satélites residuales que recorrían la inmensidad negra. No se lo dijo su marido, pero también vio un brócoli en la Vía Láctea.
  La pareja permaneció acostada, boca arriba, algo más de dos horas: él, lánguido, el pelo corto revuelto, con sus anteojos sobre las estrellas, su saco de tweed cerrado sobre una camisa cuadrillé, su pantalón de polyester negro, sus zapatos marrones; ella, con las trenzas rubias desplegadas, un vestido dirndl en tonos violetas y gruesas medias de lana azul. Cuando se cansaron, regresaron a la habitación, y ella le pidió que descolgara la ropa del tendedero antes de la cena. Ahren asintió.
  Un calzoncillo largo, una camisa corta. Prenda a prenda, fue descolgando la ropa, tarareando un vals austríaco que se le había pegado desde el simposio de agujeros negros. Hasta que se le cayó una media que no tocó el piso, que se quedó flotando ante los cristales de sus lentes. En ese momento, un plato volador le atizaba con un ojo lumínico el cuerpo.
  Quince segundos después, entraba a la cocina y tomaba asiento. Natascha preparaba carne con sauerkraut.
  —Son azules y brillantes. Son flúor —musitó.
  —¿Qué, querido? —devolvió su esposa.
  —Vinieron. Me llevaron. Fue todo muy rápido. Me hicieron esto.
  Y cuando corrió la manga de su tweed, Natascha se desmayó: era el plano de lo que sería cañón solar nazi.
  Los contactos siguieron. Seis años después, Ahren tendría tatuadas hasta las nalgas.

—Pará: ¿el tipo contactaba extraterrestres que le pasaban planos de armas de destrucción masiva y él no se sobresaltó con el llamado de los nazis? —le pregunté a María, susurrando eufórico sobre su oído.
  —No eran originalmente planos de armas para destruir el mundo. Eran máquinas para usar como fuentes de energía alternativa. Eso dice Ahren. Los nazis las usaron de otra manera, eso es todo.
  —¿Y Ahren fue... cómplice?
  —Jamás. Cuando se entrevistó con Hitler, éste le dijo que esas maquinas le servirían al Tercer Reich para proveer a los más pobres energía a muy bajo costo, prácticamente gratis. Meses después, Ahren descubrió el engaño y escapó antes de que pudieran extraerle todos los planos del cuerpo. Viajó a Altmarkkreis Salzwedel por Natascha y, no sin peligrosas persecuciones, dignas de película, se exilió en Chile. Se instaló en esta isla.
  —Que es invisible porque un aparato extraterrestre la mantiene así...
  —No. La isla es invisible porque está encapsulada en un espejo que refleja el agua y el cielo alrededor. Si pasa un avión, desde arriba se ve el celeste del cielo fundiéndose con el verde del agua. Y sobre todo porque el mito dice que la isla está en el Pacífico, pero está justo en el centro del lago Llanquihue.
  —¿En el centro del lago? ¿Y si alguien pasa?
  —Nadie pasa. La isla cuenta con un sistema de aleros que dirigen las corrientes acuáticas por senderos seguros para los pescadores que se arriman. Nunca han chocado con la cúpula hasta ahora.
  —¡Pero por la ventana se ve el Pacífico!
  —La cápsula refleja hacia adentro el agua más próxima de la que ve afuera. De este lado, eso es el Pacífico.
  —Increíble. ¿Ahren vive?
  —Con Natascha.
  —Pero si deben tener...
  —Ciento trece y ciento quince, respectivamente.
  —A la mierda. ¿Y qué hacen?
  —Natascha tiene una huerta. Los conciertos son para sus verduras. La vieja cree que si les cantan, crecen mejor, así que es ley acá cantarles por la mañana. Es el único requisito para vivir acá. Ella asegura que fueron sus verduras las que les permitieron vivir tantos años. Yo sospecho que algo les dieron los aliens.
  —¿Y él?
  —Ahren se pasa los días en su laboratorio, construyendo una máquina. Desde acá siguió contactándose con sus amigos voladores. Lo hace algunas noches todavía. Llega el ovni, lo succiona con una luz y a los quince segundos lo regresa. Los visitantes le dijeron que además de planos individuales, los tallados en su cuerpo podían ser leídos como una única arquitectura. Nadie sabe de qué, pero en eso trabaja el viejo todo el tiempo.
  —¿No hay sospechas sobre qué podría ser?
  —Sí, muchas. Él la llama... Ay, no me acuerdo.
  —No importa.
  Permanecimos en silencio un instante, abrazados. Yo estaba aturdido. ¿Vería extraterrestres en los próximos minutos? Miraba la mancha de Frank en el techo. Ciertamente, a esa altura ya nada me sorprendería.
  —Me acordé: Ahren llama a su invento “el Chango Móvil”.


—¡Xiamoei! ¡Xiamoei! —llamó Mati, encendiendo un cigarrillo detrás de la caja registradora del supermercado Amanecer Chino.
  —¿Sí?
  —Quiero que te deshagas de todas esas muñecas de porcelana. Tomate un remís y llevalas al piberío que está a la vuelta de Plaza.
  —Pero, señor Matías, esas muñecas son...
  —Ya sé lo que son. Hacé lo que te pido.
  —Sí, señor.


» ANEXO «  

2 comentarios:

Laura Cabrera dijo...

¿Ahora se suman extraterrestres? Esto es realmente una locura. Quiero más datos de eso del Chango Móvil.
Abrazo.

Pd: Leí la parte del baño justo cuando estaba desayunando. Re lindo, jeje.

Facundo Gari dijo...

Cuando esto sea un libro, habrá dedicatoria para vos, Laurita, la más fiel lectora.

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